Las verdaderas hadas de la Sierra





"Entonces escuchó que a sus espaldas el Mamo Kuncha le decía: No persiga nunca a una mariposa, no trate de atraparla, no corra tras ella, sólo quédese quieto, espere, porque la mariposa es como la felicidad, que al no perserguirla se posa sobre nuestros hombros y nos hace dichosos, así sea por un momento"...


Me dijeron que mayo sería el mes de las mariposas, así que me ilusioné. Los campesinos de la zona me aseguraron que la época del año propicia para apreciar mariposas -mi otra afición naciente- es justo esta, mayo y junio; así que, además de la exigente tarea de buscar aves y fotografiarlas, me dispuse a captar también a estas criaturas suaves, delicadas, casi etéreas.   

Es sorprendente la variedad y belleza que adorna a estos insectos voladores, llamados técnica y erroneamente:  lepidópteros. ¡Hizo falta imaginación para ponerles un nombre tan poco indicado! 


Ahora que me he detenido en ellas, creo que los colibríes son en realidad duendes juguetones, mientras que  las mariposas son verdaderas hadas.   Hadas de espíritu tranquilo, amantes de lo ligero, de la libertad socegada, del olor al bosque.  Son lo que son: la discreción, la suavidad, la elegancia. Mientras los colibríes son enérgicos, algunas veces espadachines que defienden su territorio con su largos picos; duendes bulliciosos que se persiguen violentos unos a otros por segundos y que juegan y luchan por una rama o un bebedero;  a las mariposas parece no molestarles nada, ni molestar a nadie,  van silenciosas a su aire atravesando el bosque o los caminos iluminándolos con sus colores. 



Se acercan, se alejan... siempre delicadas. Algunas  muestran todo su esplendor, lucen generosas sus colores y diseños, otras, la más hermosas son más discretas solo comparten su singular presencia cuando lo desean y con quienes tienen suerte.  Al buscar en google encuentro que Colombia, de nuevo, y como en las aves, es el país más rico en diversidad de mariposas. Un honor del que no hemos tomado suficiente consciencia.  Por lo pronto, yo he disfrutado con esta hadas multicolores, las he descubierto para mi placer y mis recuerdos. Me he vuelto su más fiel admiradora...

Las que siempre nos visitan en la sede

La Sierra cuenta con una variedad de diversos colores y tamaños, unas más sociables, otras más esquivas. Sus nombres los desconozco, quizás la próxima vez que haga una labor voluntaria será en  ProMariposas, si dicha fundación existe,  para aprender un poco de ellas así como he aprendido de aves.  Desconozco sus nombres, pero he aprendido a amar su existencia.  La más enigmática y difícil de captar con la cámara ha sido la mariposa endémica de colores amarilloro y violeta de tamaño mediano vuela por la carretera entre los 1000mtrs y los 1500mts... la he visto en varias oportunidades cuando bajo a visitar a los campesinos vecinos de la Reserva, se ha acercado atrevida pero esquiva escapa al lente de mi cámara. Son solo segundos de dicha. Su diseño es singular dado que el amarillo oro está por encima y el violeta en la parte de abajo de sus alas, o al menos, eso parece. Al volar deja una estela imperial, misterosa, es un ser especial sin duda,  por algo sus colores tan bien seleccionados.  




Luego viene el Morfo -feo nombre  popular- una mariposa azul platinada, grande y distinguida.  La he visto pasar por la sede a los 2000 mtrs de altura, baja tranquila por la carretera, casi siempre solitaria. Deja pinceladas de azul cielo por el camino.  La he tratado de captar... no lo he logrado con precisión. Cuando se detiene cierra sus alas y solo deja ver un sencillo camuflado marrón con manchas oscuras. Belleza discreta. 




 También están otras  rojas, amarillas, platinadas, marrones, naranjas,  la muy especial "numerada"  plasmada con su número cabalístico... la camuflada azul negra... las de múltiples colores, tantas y tantas hermosas hadas.  La observación de la naturaleza es sorprendete, va envolviendo, hipnotizando. Nunca antes había reparado en esas criaturas aladas. Solo ahora puedo observarlas como merece algo tan bello: con tiempo, dedicación, con atención sin prisa. Me detengo y espero por minutos a que abran sus alas o, como dice el Mamo, dejo que se acerquen y me regalen algo de la felicidad que viaja en sus colores.




En los días que llevo en la observación de mariposas he aprendido algunas cosas: les gusta ciertos arbustos que están por florecer, las zonas aledañas a las fuentes de agua, el sol que ilumina y calienta luego de la lluvia... me he dado cuenta que comparto muchos de sus gustos;  los machos y las hembras pueden tener colores diversos, algunas, además de tener bellos colores en sus alas tienen bellos colores en sus cuerpos, casi como un tatuaje de los dioses.  Son obras de origen divino sin duda. 

Mariposa-pájaro

La de la fotografía de cuerpo con puntos de colores -arriba- ha sido una de las más particulares.  Al volar parece una ave, el diseño de sus alas imita  un pequeño pájaro de cuerpo blanco y alas azules y negras, es sorprendente, una segunda metamorfósis de mariposa a ave, los sentidos nos engañan. Sorprendente transmutación difícil de creer.  Es realmente una maravilla de la naturaleza. Se conviritó en una de mis preferidas.



Seguiré disfrutando de estas sencillas y silenciosas hadas y seguiré el consejo del Mamo Kuncha, no correré tras de ellas,  estaré alerta a su presencia, al regalo que la naturaleza nos da con sus colores y su aletear sencillo y pasajero...









Historias de Sombra y Niebla


Un ladrón puntual:  "cuando llega el banano, llego yo!"

No todo en la Sierra son caminos, senderos, aves singulares y bosques de niebla…  también están las historias, las tristezas y los recuerdos que muchos quieren olvidar.   A pesar de que han pasado algunos años desde que se recuperó la paz,  aún sus habitantes reviven la presencia de la guerrilla y posterior accionar de los paramilitares. Fueron años de conflicto que dejaron cicatrices en la memoria colectiva de los campesinos.  Cada cual tiene su historia familiar, su dolor y su esperanza por un presente mejor. El futuro para quien ha vivido la violencia es una promesa, un intangible, una ilusión. El presente es lo que cuenta, el presente en el que pueden caminar de noche, tomar una cerveza en la tienda de la Y, de la Doña, o en cualquier lugar, a cualquier hora sin tener miedo a una visita inesperada en la madrugada o a un llamado ineludible del Señor.  Fueron tiempos difíciles, sobre todo cuando no se tenía claro al Señor del momento, los enfrentamientos entre los grupos armados desconcertaban, el juego no era claro. Los campesinos se adaptaban, obedecían o sufrían las consecuencias. Hoy las cosas han mejorado. La esperanza de todos es que continúe la tranquilidad, que el silencio de las noches no se vea alterado con una nueva época de incertidumbre… 

Escarabajo rinoceronte y ¡vuela!

La historia de sangre de la región viene desde la Conquista, aquellos que llegaron en carabelas y galeones con caballos y uniformes desde más allá del Atlántico pusieron en la mira a los Taironas, un pueblo aguerrido del Caribe, a pesar de la resistencia acabaron con ellos. Otros pueblos indígenas fueron desplazados con el paso de los años Sierra arriba, los indígenas defensores del agua, la tierra y el canto de los aves poco a poco perdieron muchas de sus tierras, afortunadamente no todas, hoy guardan la parte alta de las montañas,  mantienen sus tradiciones, su lengua y su amor por la tierra. Los “hermanos menores”, todos nosotros, somos solo unos niños mal portados que necesitamos aprender a vivir en armonía con los otros, con la naturaleza, con el entorno.   La herencia de los conquistadores corre por nuestras venas, mucho de su afán por ganar a cualquier precio, de imponer su cultura, su visión del mundo, sus creencias a fuerza de sable y espada… herencia que además sofisticamos con ingredientes nuevos y muy propios. 

 Los campesinos de la Sierra son, muchos de ellos, santandereanos, llegaron a principios del siglo XX cuando el cultivo de café se volvió un sueño para extranjeros y locales, las haciendas La Victoria, Cincinati o Vista Nieve son ejemplo de ello, haciendas de cientos de hectarias que cubrían laderas enteras de la Sierra. Estos santandereanos llegaron con su cultura cafetera a apoyar estos proyectos incipientes que con el tiempo se convirtieron en referentes exportadores de café en la región. Los hombres son altos y formidos, muchas de sus mujeres vienen de la región de Ocaña son altas, de ojos grandes, blancas, de abundante cabellera negra, de belleza reconocida desde los tiempos del Libertador Simón Bolivar. Las familias campesinas no son costeñas a pesar de la cercanía, no tienen tradiciones de la costa caribe, aunque se presentan como orgullosos samarios de la Sierra, su acento y sus formas son del interior.   Estas familias han vivido y sobrevivido las diversas violencias de este país... desde la Conquista, los siglos de colonización, la independencia, el siglo XIX, el terrible siglo XX que inició con la guerra de los Mil Días, la Violencia partidista de los cincuenta...los ochenta, los primeros años del siglo XXI.  Sobrevivientes que asumen su presente y  viven con esperanza a pesar de las dificultades propias de las gentes del campo en este país.

Nuestra cultura tiene mucho que ver con lo que llevamos en la sangre desde nuestro origen, la colisión intolerante de culturas, la frágil construcción de esta nación;  en la Sierra se escucha cómo las guerras mancharon sus tierras para siempre. Un recuerdo que debe servir para luchar por lo que no debe repetirse jamás. 

Camuflada en el bosque una minúscula lagartija

  Pero dejemos esos temas que agobian el corazón de quien lo ha vivido y de quien escucha atento, aún con esos capítulos oscuros,  la Sierra mantiene su magia, su luz, su encanto por encima de los errores de los hombres, de su ambición por la tierra, su maldad. La Sierra atrapa con su belleza natural. Es fácil enamorarse de sus tonos, de sus sombras sugerentes, de sus residentes, moradores que van desde pequeñas ranas transparentes, arañas inmensas, lagartos minúsculos, ardillas pelirrojas,  zorros nocturnos, insectos atemorizantes, venados y monos aulladores… 

Esa es la Sierra, tierra única como cada rincón del planeta, que merece una oportunidad de respirar tranquila entre cantos de aves, aullidos de monos, niebla imprevista y campesinos trabajadores.

Otro estilo de escarabajo rinoceronte...


Todo tipo de residentes:



Algunos más peligrosos que otros:

Gusano de divertida cara pero peligrosa picadura


Un caballero en medio de la Sierra



Encontrar al Quetzal Dorado se había convertido en un reto.  Esta ave majestuosa se acercaba eventualmente por los alrededores de la sede pero nunca tanto como para dejarse ver. Su visita era evidente por su canto particular al final de la tarde. Un silbido suave, rítmico y gutural. Con el pasar de los días en la Reserva aprendí a identificar su esquiva presencia en los bosques.  La primera semana pude verlo de lejos, la fotografía,  sin embargo, no le hizo honor. Lo busqué día tras día, lo escuchaba de lejos y esperaba en vano que se presentara en alguna rama cercana. Pero no, no es fácil.  Es un ave que más parece  un caballero que sirve a alguna corte europea del siglo XVIII:  de pecho rojo intenso, con alas verdes luminosas como una elegante capa que lo cubre, y una cola de plumas largas blanquinegras.  Un ave símbolo de los dioses... ese es el Quetzal Dorado de la Sierra.

Ese día como de costumbre muy de mañana inicié mis tareas: los ejercicios, apreciar el paisaje, llenar los bebederos y luego, como debo hacerlo cada mes para esas fechas, me senté a preparar la cuentas y facturas que debo enviar a Bogotá, una labor que me agobia pero que debe hacerse de todas maneras, -es parte de las tareas que como voluntaria debo realizar-.   Eso me disponía a hacer: las cuentas de fin de mes. Saqué facturas, formatos, prendí la computadora, la impresora...  me serví un té. Pasados unos minutos levanté mi mirada y ví por  la ventana. El cielo azul intenso sin una nube y yo entre cuentas y facturas.  Es temporada de invierno y dicen que hay que aprovechar los momentos de azul en el cielo. Miré mi mesa ... miré de nuevo por la ventana.

Eudes, el guardabosques de Parques Naturales, me había dicho que el Quetzal anidaba cerca a  su casa a casi dos horas de camino de El Dorado... lo recordé y volví a mirar al cielo. A pesar de la temporada, las lluvias no se  animan a llegar, no en las mañanas, así que decidí guardar las facturas y las cuentas; cámara en mano me despedí de Adela - la señora de la cocina-, y tomé carretera arriba rumbo a Parques.  La Olimpus hace parte de mí desde que llegué a El Dorado, no quiero perder un atardecer, el vuelo de una mariposa, los colores de la vegetación y principalemente no quiero perder ninguna imagen de las aves de la Sierra, la cámara está conmigo desde el momento mismo de salir de la habitación en las mañanas, con un foco de 36x me permite alcanzar una distancia considerable, no es una cámara profesional pero sí es bastante buena para una pajarera principiante que le gusta la naturaleza y no se adapta a los binoculares.  

La carretera es pedregosa, angosta y por supuesto, rodeada de verde. Estaba dispuesta a regresar con varias nuevas tomas. Salí optimista.   Algunas mariposas pasaron a mi lado, el bosque permanecía silencioso, ningún canto en la distancia. Silencio.  Seguí adelante decidida, me esperaban dos horas de camino.  A pesar de mi entusiasmo no tuve suerte, no logré divisar ningún vuelo cercano. Así que me relajé y decidí disfrutar la caminata.  Caminar se ha vuelto una rutina, respirar pausado y observar, sentir, escuchar...  La vegetación va cambiando poco a poco, la carretera se transforma, sube de los 2000 metros a 2500 en poco tiempo, sus colores, sus aromas, el tamaño de los árboles se hace más bajo; de repente desde lejos escuché el agua caer, una cascada que hace tan solo unas semanas no existía golpea las piedras y deja un rumor agradable, inconfundible.  Le tomé una fotografía y seguí adelante. Aún no contaba con la suerte de un ave en mi lente... paciencia.



Un tour de ingleses dejó la Reserva el día anterior luego del almuerzo, se fueron satisfechos, todas las metas cumplidas; vinieron de muy lejos a observar y fotografiar al Buho de Santa Marta, las diversas tángaras multicolores, la clorofonia, los tapaculos,  las reinitas, el tucán caribeño y el esmeralda, al lorito endémico, a la pava canosa y la cariazul; y también, entre otras muchas aves,  al encantador Atrapamoscas Canelo.  El Canelo permanecía al frente de la sede sin falta, siempre allí tan pequeño, tan canela y tan ágil en su tarea de atrapar moscas. Es un ave que se mueve rápido,  caza su presa y regresa de inmediato al mismo lugar de donde partió. Siempre así... va y regresa al mismo lugar.  Durante días lo observé, creí -equivocadamente- que siempre iba a estar allí, sin falta.  Me acostumbre a verlo al punto de no valorar su presencia.  Un día no volvió. El canelo dejó su ramita y me dejó.  Día tras día, en la mañana o en la tarde yo regreso por él, esperando verlo de nuevo con su ojos negros y su vuelo rápido. Pero no. El canelo me ha dejado. No le había tomado las fotos suficientes, no había compartido con ese pequeño tanto como hubiera querido. El canelo no regresó y lo extraño.

El camino se hizo largo pero no por ello aburrido, la vegetación y sus colores entretienen, las sombras y los seres que aparecen distraen a cada paso, pequeños insectos, mariposas... Contrario a lo esperado no pude observar ninguna ave, perdí un poco la fe en mi buena suerte de pajarera -siempre que salgo espero que las aves se presenten frente a mí sin timidez y se dejen fotografiar-, sin duda no es tan fácil. Pajarear es como ir de pesca, se necesita paciencia... mucha paciencia.  La esperanza decayó cuando de repente algo se movió en la carretera,  frente a mí, algo delgado, negro y zigzagueante se arrastraba hacia una orilla. ¿Un mal augurio? En lugar de una vistosa ave me topé de frente con otra especie.  No iba a perder mi mañana, tampoco era tan fea, así que le tomé una fotografía, ella siguió su camino, yo el mío.


Llegué a la sede de Parques pasadas las 9am, Eudes me saludó son su tradicional sonrisa... ¿se animó a subir?  El Quetzal valía la pena y aún mi mañana no había dado frutos.  Nos dirigimos al  polluelo, un viejo tronco quebrado por los años había dejado el lugar perfecto para que una pareja de Quetzales anidara, de repente y en vuelo bajo apareció la madre. Pregunté a Eudes si no se molestaría ella si yo me acercaba a su nido. No hay problema, me aseguró.  "Se turnan para cuidar el polluelo, mientras la madre está cerca, el padre va por alimento... no es común verlos a ambos".  La presencia cercana de la madre me conmovió, con la escalera que había llevado mi guía subí a ver al pequeño milagro. De varios huevos solo uno había sobrevivido. Un pequeño Quetzal estaba en mi lente. Me emocioné, la larga caminata había valido la pena:


Lo que pasó luego no necesita palabras, fue una mañana maravillosa a pesar de la lluvia que me agarró de vuelta, regresé casi al  medio día orgullosa de mis fotos y de mi suerte de pajarera.  Captar el cambio de guardia entre estos dos padres fue una suerte y un orgullo.  Vivir la naturaleza es realmente gratificante, recordé todos esos documentales de David Attenborough y me sentí un poco como él...  Volví a mis facturas y las cuentas, a los formatos pero con una sonrisa que no se me quitó en todo el día. ¿Quien dice que las labores contables son aburridas? 

Esta es la razón de mi alegría:

La madre atenta y protectora...




















De repente el padre apareció con el desayuno de su hijo...


Alimenta a su pequeño


Y se despide...












Un amor inesperado


La Sierra acompaña, a cada paso sorprende. El caribe a mis pies me atrae pero no me seduce, allá 35 grados, aquí 10 o 15 grados; definitivamente me conquista el verde, el frio de las  alturas, el marrón de las hojas secas que caen sobre los senderos húmedos, los troncos caídos, las ramas que dan sombra, las hojas que se mueven ligeramente.  Las nubes que me saludan a diario, en la mañana o en la tarde, que recorren el cañón a mis pies, a veces se deciden y entran por las ventanas, se toman todo el lugar.  La montaña me conquista con el aroma que desprende, un perfume lleno de vida, un bosque nativo es una joya que poco se encuentra, razón tienen los indígenas de amar los páramos, los bosques húmedos, los bosques tropicales, son la vida misma, la tierra en todo su esplendor, el agua brota de sus entrañas y alegra los sentidos con su belleza cristalina, hasta las piedras del camino tienen su lugar y su sentido.  Amo la montaña.  No me canso de admirarla... me gusta su olor, sus formas, su textura. Creo que estoy enamorada.


Enamorados creí que también estaban los colibríes. Durante algunos días me sorprendieron con su manera inesperada de acercarse a mí, lograban asustarme, por tan solo segundos se detenían a centímetros de mi cuello o de mis ojos y me observaban, solo dos o tres segundos. Varias veces al día aparecían, me observaban y salían disparados con la misma alegría con la que me interrumpían.  Ocurría en las caminatas mañaneras por los senderos o cuando me sentaba a leer en el balcón del segundo piso.  Lo mismo cuando en la mañana vertía la mezcla de agua azucarada en sus bebederos, se acercaban como si quisieran hablarme, conquistarme con sus colores, su aleteo altivo y único. Podría haber jurado que me amaban, yo estaba complacida, el amor era correspondido. Hacía mucho no contaba con  pretendientes tan atractivos y persistentes. Pensándolo bien, nunca tan atractivos.  Gocé de su cercana compañía por algunos días... hasta que descubrí la razón de mi éxito.  Hubiera querido seguir con la idea del enamoramiento pero Lorenzo me abrió los ojos.  “No, doña no están enamorados… no de usted, sino del color de su pañoleta”.  Mi corazón se rompió. Efectivamente el color al cuello los atrae como si se tratara de un atractiva flor a la que tienen que visitar en busca de nectar. A pesar de conocer la verdad creo que sí hubo algo de amor sincero.

La soledad es algo a lo que le tememos todos en mayor o menor media, la soledad.  Antes de subir a la Reserva me preguntaron si no me molestaba la soledad. No. No me molesta, contesté. En ese momento no estaba tan segura, no me molesta estar a solas y disfrutar el silencio, el sonido suave de la brisa, el murmullo del agua que cae por las rocas montaña abajo, los cantos de las aves, el sonido de la naturaleza. Es una soledad diferente la que se vive en medio de la naturaleza a la que nos agobia en la ciudad.  Al menos aquí en la montaña se tiene esa compañía, esa seguridad: el cielo, las nubes, los sonidos, los senderos... La montaña acompaña, la montaña y sus residentes. Es la compañía de la vida, la transformación permanente.  Así lo constaté cuando bajé unos días a la "civilización",  tuve que viajar a Bogotá por asuntos familiares, sentí el peso de la soledad urbana.  Percibí la multitud apresurada  al caminar por sus calles atestadas de carros, gente de afán que corre a sus compromisos siempre urgentes - quizás no importantes-;  gente que poco saluda al entrar a un establecimiento, sentí el agobio de ver gente en todas partes, gente, gente que aplaza las citas, gente que no sonrie, gente que no tiene tiempo para tomar un café con un viejo amigo, o que tiene tiempo, pero poco. La ciudad no facilita cultivar… y menos cosechar.  Los amigos de turno son los del trabajo, lo que se ven todos los días, ver a los otros se hace pesado, difícil. El tráfico "tu sabes..." La ciudad moderna no tiene tiempo para lazos,  abrazos,  para parques que inviten a sentarse y conversar sin mirar el reloj. Eso llamado tiempo que está allí para llenarlo de lo que queramos -risas, conversaciones, experiencias con los seres queridos- solo se llena de afanes, trancones y cansancio.  Esta soledad rural me hace recordar a los seres queridos a los amigos que me han acompañado durante mi vida, todos aquellos que han dejado su huella en mí, los que ya no veo, los que perdí, los que aún tengo la suerte de sentir a mi lado. Al recordarlos lo traigo de vuelta y les agradezco su compañía, los minutos que compartimos, todo lo que me enseñaron. Hacen parte de mi rica soledad. Mis amigos de infancia, el colegio, la universidad... los de uno y otro trabajo, mis maestros, la vida en York... en el Raval, Medellín,  todos vuelven a mi cada vez que camino por estos senderos, me tomo el tiempo de invocarlos y sentirlos cerca de nuevo. Gracias amigos.

Vivir en el pueblo, abajo en el Caribe, me ha hecho pensar en lo que es la vida sin afán, sin congestiones ni restricciones para conversar en el momento que se quiere, en cualquier momento, en compartir. El pueblo tiene su magia. Solo al caminar por sus calles se encuentra uno con una sonrisa, una mano que se levanta para saludar. Es un mundo lejos de "mundo" pero más cerca al corazón.   Tanto en el pueblo, como aquí en la montaña valoro las visitas, los correos inesperados, los mensajes de quienes se toman unos segundos en ese difícil mundo urbano para recordarme, escribirme, para dejarme saber que me esperan para tomar un café. Son ellos, esos remitentes, los que se suman a la orquesta de aves, grillos, ranas, brisas… y me hacen sentir acompañada en esta colorida experiencia. Por supuesto una experiencia de pocos meses no es una vida… no estaría segura de poder vivir así por años, entre el verde, el cielo, el silencio, mensajes electrónicos y pocas visitas. No lo creo. Por ahora lo disfruto... no siempre se puede creer que un colibrí se ha enamorado de ti.

Los que pasan, los que entran y los que se quedan

 

Nuestros visitantes nos han dejado gratos recuerdos. Tenemos los que pasan por unos minutos, los que entran a conversar y, por supuesto, nuestros huéspedes.  De los primeros recuerdo el grupo de ciclistas de montaña, casi cuarenta aguerridos de la bicicleta que pasaron por la Reserva camino al pico. Dos veces al año enfrentan la montaña y se ponen como meta la Cuchilla de San Lorenzo, un poco más arriba de donde se encuentra la Reserva. Son más de cinco horas de obstáculos, piedra, neblina y sobre todo...montaña!  Suben del nivel del mar a casi 2500mts en una mañana.  A los primeros guerreos los ví desde la ventana del comedor, se acercaban decididos con su pedaleo rítmico y constante...  unos héroes.  Ese primer grupo se detuvo a hidratarse y recargar energía. Conversamos un rato y por supuesto les tomé una foto.

El equipo de ciclistas
Jorge Luis pasó a conversar y tomar un café. Es un hombre de ascendencia libanesa y familia de la costa, aunque nació en Medellín. Luego de una agitada vida empresarial en Bogotá viajo a la costa, realizó un trabajo para los indígenas de la Sierra y se quedó -7 años- trabajando hasta hoy con ellos, los apoya en la recuperación de sus tradiciones.  Hoy en día vive en un pueblo costero con su esposa suiza y sus cinco hijas!  Venía de la Laguna Sagrada -que está dentro de la Reserva- donde dejó algunas ofrendas que enviaron los Mamos.  Conversamos del proyecto de reforestación.  El anterior dueño de esas tierras sin respetar el valor tradicional e hidrográfico de la Laguna  decidió tumbar el bosque nativo y reemplazarlo por pinos, hoy la Laguna se está secando, de hecho es la mitad de lo que era hace pocos años.  Jorge Luis mencionó que quizás los líderes espirituales indígenas podrían colaborar en la reforestación mediante semillas de bosque de la región y ceremonias para recuperarla.  Ayer recibí el mensaje electrónico. "Janchiga (saludo en kogi) ...Hablé con los mamos sobre especies nativas y ellos quieren ayudarles a reforestar la Laguna y explicarles los temas de plantas, aves y  medicinas que hablamos anteriormente." Una propuesta imposible de rechazar. Transmití el mensaje a los dueños de la reserva, ojalá pronto pueda ir con los Mamos a la Laguna Sagrada y acompañarlos a una ceremonia tradicional para la protección del agua, las aves y el bosque. Ojalá.

La familia de Orlando y Eva Flye y su yerno Mel Carriker llegaron de los Estados Unidos a la Sierra de Santa Marta por allá en 1891. Orlando Flye hizo parte del equipo de ingenieros que instaló el primer sistema de teléfono a la ciudad de Santa Marta y la primera planta hidroeléctrica en la región. La ciudad se expandió en pocos años gracias a su puerto y a la "trístemente célebre" United Fruits Company.  La belleza de la región, ayer como hoy, sedujo a los extranjeros, tanto que decidieron instalarse en la Sierra e iniciar un cultivo de café. Sueño que no fue fácil de lograr pero que luego de varios intentos fracasados logró convertir en una exitosa finca cafetera. Así nació la Hacienda Cincinati, una de las más grades de las montañas de San Lorenzo, Sierra Nevada, para la época. Pronto su yerno, el naturalista y experto en aves  Mel Carriker le siguió los pasos y fundó la Hacienda Vista Nieve. La historia de la familia se relata en el libro Vista Nieve, escrito por el nieto de este último: Melbourne R. Carriker.  En 1927 la familia regresó a los EEUU llevando en  sus baúles buenos recuerdos, imágenes y notas sobre la riqueza natural de la Sierra Nevada.  El libro lo encontré en la biblioteca de la reserva... espero terminarlo en los próximos días.  El interés por esta historia nació de una visita inesperada. Aquí cada visitante nos enseña, nos entretiene o nos hace reir.  Esta, sin embargo, no fue una visita social.  Dos de los descendientes de la familia Flye llegaron temprano una mañana preguntando por los administradores. Como con cada uno de quienes nos visitan los hicimos pasar, les ofrecimos un café... venían escritura en mano con un tema: "El sendero de las Bromelias pasan por nuestras tierras y la Reserva está utilizando ese sendero."  Hmmm. Nosotros somos voluntarios por poco tiempo y desconocemos el tema.  Tomé nota de sus inquietudes y les aseguré que las transmitiría a quienes corresponde...  Más que el asunto de las tierras y su uso, me llamó la atención su historia familiar. La historia de los Flye y los Carriker. Ante mis preguntas ellos se relajaron, disfrutaron el café  y compartieron algunas de las historias de la Cincinatti y de Vista Nieve. Por ellos busqué el libro... afortunadamente lo tienen aquí en la Reserva.
Las luces a lo lejos de Ciénaga, el puerto carbonero, y El Rodadero... allá el Trópico a nivel del mar aquí 2000mts y mucho frio.
Más allá, apenas insinuadas,  las luces de Barranquilla.

 Las lluvias llegaron con el tour del gerente del mejor hotel de Cartagena de Indias.  Bajaron de la camioneta con un paquete de paraguas para la noche que estarían en El Dorado.  Hasta ese día el clima había sido benigno con nosotros. Atender al staff de uno de los mejores hoteles del país nos causó inquietud, sin embargo… los atendimos como a los demás. Resultaron más divertidos de lo esperado. Alguna de las ejecutivas mencionó que no podría dormir. “Hay mucho ruido aquí…” Sonidos ranas, grillos, buhos: la naturaleza!!  Las instalaciones de la Reserva son agradables pero sencillas, así mismo la cocina. El gerente general nos visitó con el fin de hacer una actividad de integración con su grupo más cercano; cocinar entre todos la cena: pollo al curry, arroz, torta de verduras y de postre: crumble de manzanas.  Nosotros les habíamos comprado con antelación los ingredientes y algo para mejorar la dotación de la cocina. Del almuerzo nos encargamos nosotros. Todo un reto. La dinámica culinaria en la noche resultó divertida, pasaron bien, aunque gastaron más provisiones de las que tenían destinadas -aquí en la montaña a dos horas de duro camino a la ciudad este tema es sensible-; nos invitaron a cenar con ellos y al final dejaron los mejores comentarios en el libro de huéspedes. Pasaron un día completo en El Dorado pero sus paraguas, como aves de mal aguero, impidieron que el grupo disfrutara de la vista al Caribe, de las luces de la ciudad en el horizonte, o la panorámica a los picos nevados en la mañana. Salieron camino abajo con sus paraguas... Con su partida el sol se animó a regresar.


Eliana y Mac son una pareja de veterinarios amantes de la naturaleza, ella colombiana, él norteamericano, son viajeros incansables y relajados. Nos contaron sus aventuras a bordo de Valentina, su Volkswagen de los años 70, en la que viajaron por un año entero por los parques naturales de los Estados Unidos. Compartieron sus mejores recuerdos y nos invitaron a pasar por su casa en la Florida antes de finalizar este año… visita que deseamos hacer.  Dylan y Jerome, dos chefs franceses también pasaron por aquí. Son jóvenes, cuñados y aventureros. Recorrieron parte de Africa a dedo. No son pajareros, llegaron en moto para disfrutar de la vista y de la naturaleza nativa, recorrieron los caminos y fueron hasta la Laguna Sagrada.  De una de sus caminatas llegaron con una buena cantidad de frambuesas que habían recogido por los senderos. Nos propusieron una nueva ensalada para la cena. ¡Propuesta aceptada! Esa noche cocinamos juntos, "compartimos" recetas y nos divertimos. Dylan y Jerome fueron una visita "exquisita"...
La Pava Canosa... a pocos metros de la sede.

Los días pasan… ha sido una experiencia gratificante. Ha sido un placer  contar con Ana, Lorenzo, el sr Montero y la sra Adela, el equipo de El Dorado. Aunque las labores contables, los recibos y el manejo administrativo me han agobiado un poco, es parte del aprendizaje.  Tal vez el administrador regrese antes de lo previsto y tengamos que dejar El Dorado pronto, mientras eso sucede seguiré tomando fotografías a las aves, los atardeceres, las mariposas y por supuesto… mis visitantes.

El zorro nos visita de vez en cuando en las noches...








Una visita no muy agradable: La machaca...





Pronto llega la temporada de mariposas, ya tengo lista mi cámara!





y los dueños de casa, que no pueden faltar!!



La bruja del Trepatroncos

Hoy de nuevo es día de compra y deben bajar a hacer mercado a Santa Marta, casi tres horas de camino montaña abajo por una carretera tortuosa y hermosa a la vez. El camino es destapado y pedregoso, la lluvias han dejado su huella y se hace más difícil transitar, sin embargo, el entorno es majestuoso. La vegetación nativa y la vista -en algunas curvas - hacia el Caribe aligeran el viaje.  El recorrido desciende 2000mts hasta el nivel del mar en poco tiempo.  Decidí dejar a otros la labor de la compra mientras yo regresaba  al Trepatroncos en busca de la bruja misteriosa.  En la primera caminata por ese sendero mi atención se centró en las posibles tomas de aves, raíces y hojas. Esta vez fui en busca de la bruja y otros misterios  del camino. De nuevo tomé mi cámara... quizás apareciera y se dejara fotografiar. Así fue. 



Alex, quien fuera el administrador el Hotel Minca,  caserío abajo por la carretera, renunció y decidió pasar unos días en la Reserva.  Lo precedía su fama de huraño y de pocos amigos.  Nos intimidaba un poco ese halo de cascarrabias, sin embargo,  le dimos una cálida bienvenida. Le ofrecimos una de las mejores habitaciones, un café, una sonrisa y por supuesto "lo que necesite por favor sólo háganoslo saber".   Alex es un hombre maduro, su físico aparenta sesenta o algo más, pero su conversación indica que pasa los cincuenta. Rubio, delgado, de talla media, muy blanco, de barba densa y ojos azules pequeños pero agudos.  Es un hombre solitario,  silencioso, prudente para dar una opinión.  Su padre trabajó para el gobierno norteamericano en los años de los Cuerpos de Paz.  Su familia cuando era niño vivió en Africa, fue testigo en su infancia y adolescencia de importantes cambios en el continente. Una noche en la cena -sin cebolla en la ensalada como nos solicitó- conversamos brevemente. En el radio sonaba música tradicional africana, alegre y pegagosa. Sonrió.   Cerró los ojos y dijo como si hablara para sí mismo "cuantas noche pasé bailando esta música". Muchos años vivió en Africa, tenía recuerdos de varios países. Le indagué por Nigeria y me dijo que no lo había visitado, le parecía un país populoso y ahora lleno de conflictos ambientales por la acción de las petroleras. Recordó su vida en Madagascar. Un mundo fascinante, agregó, con flora y fauna únicas.  Sus hermanos viven en el extranjero: en Asia y en Europa, trabajan para el gobierno norteamericano, les va bien, asegura. Su hogar está en Minnesota... mencionó el techo de su casa y lo costoso de hacer una reparación en los Estados Unidos.  Conversamos un poco más.  Su experiencia como administrador en el Hotel Minca no fue la más satisfactoria, no hubo química entre él y los locales.  Sobre su español aseguró que lo hablaba mejor antes de vivir en Minca!  Esa primera noche  las melodías africanas rompieron el hielo, luego de media hora se despidió. Al otro día quería caminar antes del desayuno, madrugaría. Alex no era un cascarrabias, es un solitario. 


Cuando se es nuevo en el asunto de vivir "en medio" de la naturaleza muchas cosas resultan extrañas. Los sonidos no son claros ¿ranas? ¿aves? ¿insectos?, los tonos infinitos, el aire mismo es diferente, las distancias más lejanas a la pupila. Amanecer con una vista al mar desde dos mil metros es impactante.  Las nubes pasan bajo el balcón hacia los picos nevados de la Sierra mientras arriba el sol brinda algo de calor el lugar. Casi siempre estamos sobre las nubes...   El sendero Trepatroncos está lleno de esas cosas misteriosas. Ese sonido, el de capa que se sacude tras de mí al caminar... y algo más: por instantes el bosque se queda quieto como en una foto, sin embargo, algunas hojas, algunas particulares hojas se balancean. Todo el bosque parece guarda la respiración, sin embargo están esas hojas que  se balancean de un lado a otro, como si un soplo fantasmal las moviera solo a ellas. Me detengo por minutos a observar ese fenómeno y no logro más que darle una explicación mágica, mitológica: Son los dioses que se abanican en el bosque. ¿Por qué no? En este nuevo mundo mi mente es primitiva. Me parece que volveré a sentir  a los dioses abanicándose en muchas oportunidades.   Seguí por el sendero y de nuevo ese sonido de la capa que se sacude pero esta vez acompañado con un sonido agudo, fuerte. ¿Una risa? Esta vez  solo estoy atenta a la bruja, voy tras de ella no al revés como la vez pasada. Sigo adelante sin distracción.  Siento su presencia en las copas, algo vuela, se mueve...  Me detengo... a lo lejos un ave se posa sobre una rama, aprovecho el zoom de mi cámara y la enfoco:  Ojos azules intensos, plumas amarillo-oro en su cola, amarilo intenso es su pico; mira a su alrededor... baja su cabeza y se ¡sacude! Se sacude como quien sacude una capa de cuero... una capa de bruja!  Ese pájaro bullicioso es mi bruja,  está empollando, tiene su nido cerca y sobrevuela el bosque que atraviesa el sendero Trepatroncos.  Se detiene en las copas y repite su ritual. Levanta su cola dorada, baja su pico como en venia japonesa y se sacude con fuerza. Definitivamente es la bruja del Trepatroncos.

Mi bruja del Trepatroncos es en realidad una Oropéndola 


La segunda noche  Alex subió a cenar con una invitación.  Nos enseñaría "Cacho" un juego de dados que él aprendió en Bolivia y que solia jugar con viejos amigos, a los que no veía -tristemente- desde hacía mucho tiempo. De hecho había perdido el contacto, como con su única hija a la que no veía en años por decisión de ella.   Al mencionarlo su rostro hizo un gesto de pesar. Guardamos silencio por unos segundos... luego aceptamos la invitación.  De nuevo escogimos música étnica, esta vez caribeña. Alex disfrutó la cena, levantó los platos y los llevó a la cocina.  Despejamos la mesa del comedor y nos alistamos a la clase de "Cacho"... él con paciencia nos enseñó y repitió las reglas de juego. Iniciamos. Pasaron los minutos, la suerte no estuvo con él en la primera mano... aseguró que se debía a que nosotros jugábamos por la derecha. Así que la siguiente mano jugamos hacia la izquierda, mejoró su suerte. Se rió.  Compartimos con Alex tres horas... el frio nos recordó que era momento de ir a dormir.  Estaba helando y nosotros nos divertíamos con ese juego de dados.  Fue la última noche en El Dorado de aquél amable "cascarrabias". Al otro día salió muy temprano rumbo a Bogotá y de allí a su hogar en Minnesota luego de vivir en Minca, ese pequeño poblado en el caribe colombiano, como administrador del hotel por casi seis meses... sin visitar ningún otro lugar del país. Salvo, claro, la reserva de aves El Dorado. Volveremos a jugar Cacho... gracias a Alex.

Encontrar que mi bruja es esa bella Oropéndola no me desanima. El bosque sigue allí lleno de misterios.  La bruja del sendero seguirá existiendo...   ahora con su fuerte risa en las alturas, sus ojos azules y esa capa negro-oro que se sacudirá mientras algún extraño se atreva a importunarla en su bosque, el  bosque  del Trepatroncos.

Al acabar de escribir esta entrada subí al mirador del segundo piso, quería descansar y disfrutar la vista,  para mi sorpresa y como si la hubiera invocado, apareció mi bruja con toda su belleza... su presencia es realmente más hermosa de lo esperado.  Posó para esta entrada...



Los Detalles de Mr Bearns




Mr Bearns y su señora Jane llegaron por dos días al Dorado antes de seguir su intenso recorrido por el tour más sorprende que haya escuchado: Palo Alto – Houston, Bogotá, la Sierra Nevada en Santa Marta, Cartagena, Mompox, San José del Guaviare, Yopal, Bogotá y de nuevo camino de regreso a su hogar en California. Al preguntarle en la cena el motivo de un recorrido tan poco convencional nos contó que le gustaba ir a sitios  inexplorados. Su señora conoció el itinerario del viaje de 26 días a Colombia en el vuelo Houston - Bogotá. Casi siempre su marido le oculta los destinos hasta estar prácticamente aterrizando en ellos.  

 Al hablar del tema solo sonreía.  Los últimos años la pareja ha visitado distintos países, incluidos tres viajes a la India a lugares donde hasta su arribo no habían visto antes un hombre blanco, eso asegura.  Son una pareja única, no son pajareros como los demás huéspedes. Él, viajero incansable, prepara sus aventuras con tiempo y dedicación, siempre a destinos poco conocidos, viaja con su Nikkon y varios juegos de lentes, es hiperactivo, no quiere perder un minuto, pero a la vez se detiene con paciencia hasta lograr una imagen perfecta. Se tomó su tiempo en los colibríes, una tarde entera enfocando cada especie que nos visita en los bebederos; en las ranas endémicas de la Sierra que le mostró su guía, en unos lagartos oportunistas de cerca de su cabaña y en cada uno de los insectos que se pegaban a los vidrios del salón comedor o que aparecían por el camino. Ella con hablar suave, solo tiene ojos para su marido. En medio de la conversación él se paraba con su cámara y lentes a tomar una foto macro. Cada animal le parecía merecedor de su atención, cada detalle de su naturaleza única e irrepetible: sus alas, sus antenas, las patas, lo que parecía ojos. Los detalles hacen la vida, son la vida, era su frase explicativa para su amor por todo lo que lo rodeaba, en especial las criaturas pequeñas. Nosotros admirados, los observábamos con asombro.


 A veces las criaturas se posaban sobre él. Seres extraños para citadinos eran recibidos con gusto por Mr. Bearns y su cámara siempre lista. Le gustaba poner en sus manos cucarrones, mariposas nocturnas, y hasta bichos con presencia atemorizante. Luego con especial cuidado los dejaba en una rama o en el pasto húmedo del jardín.  Los Bearns amables y siempre sonrientes decidieron quedarse una noche más en El Dorado. Mientras él salía por los alrededores, ella lo esperaba paciente en el segundo piso de la sede social, se entretenía con los libros de aves y sus ilustraciones mientras él iba con su cámara por sus “detalles”. Antes de salir ella le recordaba usar su abrigo o al menos un suéter y claro, el impermeable.  Mr. Bearns tiene razón, los detalles son la esencia. Las cosas pequeñas, las trivialidades no son tal si cambian el día, la vida. Su amor por esos detalles me recordó los largos días un año atrás: la cirugía, la inesperada, lenta y dolorosa recuperación; la depresión durante el proceso, la pérdida de apetito y de peso… días largos. Días en lo que los detalles se hicieron importantes. Fundamentales. Los rayos de sol en una ciudad fría, la visita inesperada, la sonrisa que a veces parece cotidiana, la llamada del médico,  la voz del amigo que me alentaba a diario con optimismo, ese amigo que me repetía cada vez: “todo esto es normal, ya se te pasará”. Tenía razón.  Detalles, cosas pequeñas…

Un mañana cuando la pareja decidió subir, a más o menos una hora de aquí en carro, a la que llaman en la región la Laguna pero que en realidad es un nacedero de agua, sagrado para los indígenas, decidí caminar también cámara en mano, carretera abajo buscando las cosas pequeñas que tanto llaman la atención a Mr Bearns:  Una gota, una flor minúscula, una ramita de musgo, un pequeño hongo, un fruto insignificante, la sombra de una hoja sobre su tronco… detalles que están por el camino. Olvidé esa mañana el sonido de las aves, sus cantos, sus plumajes, dejé de lado las ramas y las copas de los árboles, olvidé la niebla que me rodeaba y me centré en los detalles. Fue una caminata extremadamente lenta, me detuve a observar, observar con detenimiento para no perder de vista una forma, un tono, un ligero brillo. Es una naturaleza difícil de registrar en una foto, así sea la mejor de las cámaras. Al verlas en la fotografía parecen de otro tamaño, se tornan protagonistas. Compiten con sus compañeros de ambiente en belleza y poesía.  Disfruté el recorrido. El sr. Bearns tiene razón en la belleza de los detalles, y en otra cosa: su pasión impostergable por lo que ama. No hay tiempo para perder. La pasión es para vivirla hoy. Mr. Bearns pierde su vista con el paso de los meses y lo sabe, pero no se agobia por eso. En lugar de entristecerse prepara sus viajes y no los posterga, con su cámara toma fotos de cada criatura, de cada detalle que lo rodea, quiere guardar esas imágenes en su retina más que en su Nikkon.  Su esposa lo acompaña y anima. Son una pareja única que se acerca a los ochenta años y se resiste a dejar “la vida y sus detalles”en un sofá en frente de un televisor con una mascota a los pies. Mr Bearns seguirá viajando, mientras su salud y sus ojos se lo permitan, siempre con su sonrisa, su Nikkonm y su hermosa esposa Jane.