¡Iremos a Barrancominas!



Flight and Pursuit. 1872. William Rimmer. Museum of Fine Arts, Boston

El viernes fue un día curioso de principio a fin. Un largo día.  Varios funcionarios se acercaron al despacho de la gobernadora con un solo objetivo: pedir permiso para tomar el vuelo del sábado. Deseaban, a toda costa, abandonar Inírida, para ello, exponían razones médicas, seminarios, capacitaciones, enfermedad de un pariente cercano...   querían tomar ese vuelo con cualquier excusa.   Algo grande empezaba a moverse.  Se murmuraba en el pueblo que algo pasaría. Toda la mañana fueron llegando, poco a poco con diferentes razones... así poco a poco se retiraban con sus caras largas.  No doy permisos para dejar la ciudad, salvo algo de fuerza mayor, respondía la gobernadora a cada una de las solicitudes. Vamos todos en este barco a enfrentar lo que venga... Ya intuía lo que pasaba.   Otra visita nos puso en alerta, el otro cáncer que carcome el espíritu de la comunidad nos rondaba, un funcionario de la Alcaldía nos alertó:  hay gente rara en el pueblo, no firmar los contratos tiene inquietos a muchos...  Dudas.  Llamé al comandante de la Policía para conversar sobre el asunto. Prometió mayor seguridad en las instalaciones de la gobernación.

 De nuevo Barrancominas en mi mesa, la tercera fue la vencida. El secretario no se daba por vencido, yo tampoco. Luego de intentar presionar con los compromisos y la firma de contratos, sin soportes legales, para el corregimiento, llegó con una nueva carta: Las mesas de paz.  Ese viernes me recordó una obligación legal que debía cumplir la gobernadora, siempre tan fiel a los asuntos legales; estaba seguro que esa jugada no la perdería: Doctora usted debe instalar una mesa de paz en Barrancominas, debe ir al corregimiento por mandato presidencial. El proceso de paz del presidente, bla, bla, bla…  Luego de varios minutos de escuchar una floja argumentación, le contesté: ¡Usted tiene razón! ¡Debemos hacerlo! Margarita abrió los ojos y me miró con desconcierto. Sabíamos que el corregimiento era sede de uno de los frentes de las FARC y punto estratégico de tráfico de armas y drogas. ¡Tiene usted razón!, agregué.  ¡Iré a Barrancominas! Iré, una vez usted instale la mesa allí como avanzada de la gobernación... ¿Qué opina? Se me quedó mirando. Si eso es lo que quiere, eso es lo que haremos, puntualicé.  Iremos a Barrancominas. A los pocos segundos se levantó y se fue. Tema concluido.  Pablo, por su parte,  aún nos escoltaba pero ya no dentro de la oficina, al darse cuenta que manteníamos abierta  la puerta no era necesario  permanecer allí parado, así que decidió sentarse frente al escritorio de la secretaria. Seguía escuchando todo, para nosotras fue un descanso dejarlo de ver.

Saint Gaudioso, Girolamo Romanino. The National Gallery 1524

En la tarde visitamos a Monseñor. Tal y como me lo había aconsejado mi padre, era una visita que debía realizar. Así que fuimos a tomar un café. Conversamos dos horas sobre los temas que preocupaban a la Iglesia. Un pueblo de colonización reciente, sin sentido de pertenencia, frágil tradición familiar, prostitución, enfermedades de transmisión sexual, contaminación del río por la explotación ilegal… y la corrupción.  Los dineros públicos son todo, menos públicos.   Ese día, más temprano, habíamos recibido en la oficina la misión de la Contraloría General, la misión que tenía a cargo constatar las irregularidades en la contratación departamental. La conclusión: nada existía. Ninguna obra prometida o sobre papeles existía. Nada. Promesas.  Las múltiples irregularidades plasmadas en el auto de investigación eran ciertas.  Esa tarde, los funcionarios nacionales nos contaron su experiencia por los ríos de Guainía: cuatro semanas de decepción. Conversábamos sobre el tema cuando algo curioso sucedió. Una de las funcionarias de la Contraloría quiso usar el baño. Con mucho gusto. Seguimos con la conversación, pasaron algunos minutos y desde el baño la mujer llamó a sus compañeros. Nos sorprendió el llamado. Tras la cortina de la ducha el grupo encontró carpetas, archivos, información que habían solicitado meses atrás y que no encontraban en la gobernación.   Año tras año, década tras década la inversión pública en bolsillos privados. Indignación.  Del tema conversamos con el sacerdote.  La visita al Monseñor fue agradable y dio frutos. Nos  prometió incluir el tema de la transparencia en el sermón del domingo, así lo hizo. 

The Phanton canoe: a legend of Lake Tarawera. 1888. Keneth Watkins.  Auckland Art Gallery

Para las ocho de la noche aún estábamos en la oficina, la semana terminaba. Nos alistábamos para ir a comer y verificar si Ágata, Lagober, había sobrevivido a las ratas. Una semana interminable, pero aún faltaba lo mejor: la visita de los comandantes de la Policía e Infantería de Marina.  Se sabía  de movimientos en el rio, se movían hombres por la selva, el ataque de la guerrilla era inminente. ¿Inminente? Sí.   ¿Cuántos hombres tenemos? Pregunté.  Me explicaron con detenimiento la estrategia de defensa del pueblo, el número de hombres que nos defendería. Prometí no repetir la información. Mantengo la promesa. Llamé al ministro, el ministro para el que trabajaba en Bogotá. A finales de 1999 medio país estaba bajo el fuego de una guerrilla, -de quince mil hombres-, que estaba sentada buscando la paz y que había recibido, como señal de buena voluntad del gobierno y de sus ciudadanos -cuarenta millones-, un territorio de despeje para que se concentrara sin enfrentar al ejército. Todo era una apariencia, una ilusión igual que las obras de la gobernación.  Ministro, estoy con los comandantes de las fuerzas armadas, me aseguran que la guerrilla atacará los próximos días, la información de inteligencia lo confirma.  Llamaré al Ministro de Defensa, me contestó. Estaremos pendientes, enviaremos refuerzos. Gracias Ministro. Buenas noches. 

Esa noche  llovió, lluvia inesperada para la época. No recuerdo si dormí o no.  La madrugada del sábado fue silenciosa, quizá Lagober intimidaba a pesar de su talla. Nos levantamos temprano, como todos los días.  Por primera vez recorrimos la casa, en el patio, una canal suelta había permitido que un tanque se llenara con agua de lluvia. Lavamos nuestro cabello con agua fresca... lo que necesitábamos.  Las estrellas, como en mi sueño, giraban y giraban…
Continuará...

Niágara. 1866. Louis Remy Mignot. Brooklyn Museum

Obras son Amores

West Gate of Pevensey Castle, Sussex. 1773, John Hamilton Mortiner. Yale Center for British Art

Suscripción de contratos sin estudios técnicos, planos o diseños,
 ni especificaciones de construcción, evaden procesos licitatorios, fraccionan contratos…


A la mañana siguiente, Magnolia, la señora que regentaba el casino del Hospital, ofreció el gato. Margarita, dispuesta a dar la pelea por la casa sonrió complacida con la noticia. Un gato se encargaría de las bestias del entretecho,  por fin silencio en la madrugada.  Es una gata, aclaró, Magnolia; la tendrán  al final del día. Asunto resuelto,  pensamos. 

Contratación que contraviene el estatuto general y las normas legales, se aprueban
cotizaciones sin evaluación, ni criterios técnicos…

 El tema de Barrancominas volvió a surgir en la  reunión con el equipo de gobierno. De nuevo el secretario mencionó los  “compromisos de la gobernación con el corregimiento”.  ¿Quién se comprometió? Pregunté… La gobernación, contestó. ¿Quién? Insistí. ¿Quién? Nadie contestó. ¡Quien se comprometió que cumpla! Luego de un incómodo silencio seguimos con los demás temas de la mañana. Creí concluído el tema. La reunión fue más fluida de lo esperado. Cada secretario presentó el estado del sector, los problemas, las dificultades financieras, la falta de personal capacitado, los proyectos inconclusos.  Recuerdo el asunto de la explotación minera ilegal y el impacto ambiental y social. Vigente hoy. La infraestructura inadecuada para el tamaño del pueblo, los problemas educativos, sanitarios y de salud. El informe del secretario de gobierno fue singular.


Evitan la constitución de veedurías, se presentan sobrecostos en cada contratación,   
sin certificado de calidad de los productos,  traslados y préstamos internos…


Mis expectativas estaban centradas en el informe del secretario de gobierno: Pablo. En pocas palabras expuso lo que su partido político –el mismo del gobernador suspendido- preparaba para volver a la administración lo más pronto posible. Bien. Luego, planteó a la gobernadora un dilema: La Corporación Regional regaló a las tres comunidades indígenas más importantes del departamento cuarenta marranos que deben ser entregados… Secretario ¿Cuál es el problema? Indagué.  ¿Cómo los distribuyo? y ¿con qué plata los transporto hasta las comunidades si no ha firmado nada? Preguntó muy serio. Dilema para un test psicológico. Un reto de gobierno.  Luego de unos segundos, respondí: Seguro usted podrá distribuirlos mejor que yo.  Sobre el combustible veremos cómo podemos gestionar los recursos. Preferí no preguntar  donde tenía  los animales o cómo los alimentaba… 

Las obras de escenarios deportivos se hicieron con materiales pésimos que obligan a reponer todo lo construído; aulas educativas contratadas y pagadas de las que solo quedan unos pocos ladrillos; venta de terrenos de resguardos indígenas a contratistas departamentales…

A view along the Thames. John Varley 1810-1815. Yale Center for British Art

La disposición del gobierno nacional  sobre la importación de combustibles  se convirtió en un dolor de cabeza. Una política nacional que buscaba evitar el contrabando de Venezuela por la frontera norte del país, afectó la frontera sur-oriental. El Ministerio revocó los permisos de importación desde Venezuela y modificó el régimen de impuestos para los intermediarios.   Ecopetrol, el proveedor nacional, no podía suplir el cese de importaciones debido a la presencia guerrillera en el rio Guaviare. La situación empezó a tornarse crítica. Evitar el contrabando por la Guajira significó aumentar los precios en Guainía y promover justamente el contrabando.  Por otra parte, la legalización de los transportistas y sus bote-tanques requería el visto bueno en el Comando Militar de Puerto Carreño, a horas de viaje; además, la actualización en la Administración de Impuestos Nacionales resultaba onerosa para los pequeños transportistas que eran el grueso de proveedores de la región.  La Asociación de Comerciantes solicitaba que el visto bueno militar  se diera en Inírida, en el Comando de Infantería de Marina; y que se mantuviera el régimen simplificado para los comerciantes.    Múltiples llamadas, envío de comunicaciones por fax … nada. Comunicarse desde Guainía con el gobierno nacional en Bogotá resultó tan sencillo como hablar con el alcalde de Nueva York.  Buscar una solución, aún más difícil. Pasarían días antes de recibir una respuesta. De hecho, la gobernadora ya estaba en Bogotá de regreso, a su minúscula oficina, cuando el Ministerio de Minas y Energía envió comunicación oficial al respecto…  comunicación que tampoco solucionaba el problema. Mientras tanto la ilegalidad remplazaba el suministro legal.

Obras inconclusas que no prestan ningún servicio,  pago por anticipado a contratistas que nunca cumplieron,  obras civiles sin interventoría. Las obras no responden a las prioridades de la comunidad… 

A sleeping lion. John Frederick Lewis.


La gata llegó en la noche.  Cuando la conocí no pude menos que sonreír, Margarita hizo un gesto de sorpresa y luego soltó una de sus sonoras carcajadas. Reímos de buena gana.  La gata que nos defendería de las bestias salvajes al amanecer cabía en mi zapato. Talla 34.  No había vuelta atrás, Ágata, como la nombré, se quedaría con nosotras; Margarita se hizo cargo de su alimentación y cuidado; desde esa noche, ella la rebautizó como La Gober.  Sin palabras.

Consultorías a comunidades indígenas que duran horas y cuestan millones; entrega de herramientas de mala calidad como parte de contratos de obra, compra de computadores de segunda, software sin licencia, alimentos que ya caducaron cuando llegan a las escuelas de niños internos...
El auto de apertura de investigación abierta –dos meses atrás- al gobernador suspendido era un dechado de anti-gestión pública. El documento solicitaba la inspección judicial a las obras públicas, supuestamente ejecutadas, en Inírida y en las comunidades; para, en caso de comprobar los testimonios y pruebas,  llevar a juicio fiscal al responsable elegido popularmente. Una comisión verificadora de la Contraloría viajaba por los ríos del Departamento por esos días.  El texto sustrajo mi atención en el café de la mañana, once páginas de irregularidades que dieron vuelta a mi cabeza durante todo el día.  Los afectados: Inírida y las comunidades de Puinabes, Curripacos, Piapocos en los resguardos Bajo Guainía, Medio Guainía, Pueblo Nuevo Laguna Colorada, Alto Guainía, Laguna Curvina Sapuara, Guaco, Ríos Cuyari e Isana, Cuenca Media y Alta del Río Inírida, Ríos Atabapo e Inírida y Arrecifal…  Casi todo el Departamento. 

El rio seguía bajando, así lo constataban los transportadores,  pronto la guerra nos sorprendería.

Continuará...

Un día normal

View of Roofs and Gardens, Karl Blechen 1835, Alte Nationalgalerie Musee zu Berlin

El espíritu que deambulaba por el inexistente segundo piso, nos acompañó por dos o tres madrugadas antes de ser descubierto.  El cansancio en las noches y los problemas del departamento en el día, hacían que olvidáramos el asunto. Sabíamos que los verdaderos espectros no rondaban por el entretecho, sino por los alrededores de la gobernación. Los poderes locales empezaban a resentir que la gobernadora no firmara un solo cheque o giro, y que no lo iba a firmar sin cumplir la ley…  Pronto se develó el misterio, el espíritu hizo su aparición. Margarita le madrugó al amanecer y decidió dar una ronda por la casa, cerca de la cocina, se encontró de frente con el origen de los pasos: ¿ratas o chigüiros?  No había duda, concluyó, es un cruce solo posible en estas latitudes. Las bestias corrieron al verse descubiertas. Ella, tomó aire y luego de pensarlo un poco, me aseguró que se haría cargo de inmediato. 

Poco tiempo se necesitó para que nos hiciéramos a una idea de la realidad.  El desfile de ciudadanos con inquietudes, quejas, solicitudes era innumerable; a todos se les atendió, hora tras hora, día tras día. Mientras Margarita, a mi lado, leía con detenimiento los documentos oficiales para mi firma –y los devolvía-; yo me transformaba, poco a poco, en una especie de Evita tropical sin chequera: solo oídos, papel y lápiz.  De nueve a doce del día tomaba nota de cada solicitud, llamaba al funcionario respectivo y aseguraba que haríamos lo posible... En definitiva, hacía poco.  Gestionar los procesos en marcha o desempantanar los que se habían hundido por malos manejos requería de una labor de equipo y   de tiempo para alcanzar un resultado. Hacíamos lo que podíamos en aquél Lejano Este.  Escuchar era parte de ello.  Algunas visitas me conmovieron, otras me sorprendieron, otras lograron enfurecerme. 

 Landscape, Hughie Lee-Smith, 1958. SCAD Museum Art

Doctora, vengo del corregimiento de San Felipe, en la frontera con Venezuela, tengo dos solicitudes: la primera, si es posible, una biblioteca para el corregimiento, nos gustaría contar con libros; y la segunda… podría darme una bandera. ¡!  ¿En la frontera oriental de este país no hay una bandera de Colombia? No.  Es fácil conseguir la venezolana, pero es imposible conseguir una de Colombia. Podría darme una antes de regresar…

Doctora, tengo una operación en Bogotá, sufro de hernia discal y debo operarme, el dolor no me deja en paz… necesito su autorización para la compra de pasajes y para viajar la próxima semana, en la oficina de recursos humanos no encuentran mi carpeta, dicen que legalmente no soy funcionario y llevo siete años aquí, todos me conocen… ¿Podría autorizar la compra del pasaje?

 Doctora, no puede parar todos los contratos… no está bien que detenga las obras, los compromisos… No ha firmado nada y tenemos compromisos en Barrancominas. Esta fue la frase con la que se presentó el secretario de obras, funcionario de la gobernación.  
  
El énfasis en las palabras compromisos y Barrancominas no era gratuito.  Para la época, 1999,  el aeropuerto del corregimiento de Barrancominas, Guainía, tenía más tráfico  aéreo que Bogotá… y no aterrizaban particularmente turistas.   En medio de los diálogos de paz con el gobierno y la zona de despeje, las Farc no descuidaba los negocios.  Al escribir estas líneas, encontré una noticia interesante: “El 31 de agosto de 1999, el General Fernando Tapias S. le informa al Presidente Pastrana que un gigantesco cargamento de armas le había llegado a las FARC. Estas habían sido soltadas desde aviones cargueros sobre Barrancominas en el Guainía. 10.000 fusiles AK 47 que los guerrilleros habían negociado con Vladimiro Montesinos, el asesor de seguridad y mano derecha del Presidente Alberto Fujimori del Perú.”  Preparaban otra de sus conocidas faenas.   El calendario marcaba el 13 de noviembre y, esa noche, el secretario de obras insistía reiteradamente en  cumplir con la gente del corregimiento.  Luego de una intensa charla,  le aseguré que cumpliría con los compromisos, siempre y cuando dichos compromisos tuvieran certificado de disponibilidad presupuestal… cumplieran la ley.  Se quedó en silencio, se paró y se fue.  Volvería. 

Selfportrait, Egon Schile. 1912. Leopold Museum Viena.
Doctora, somos del sindicato de maestros, como usted sabe hicimos una huelga nacional hace pocos meses y no se nos han pagado los días que no trabajamos. Exigimos que nos cumplan nuestros derechos laborales.  ¡! Miré a Margarita, el reloj marcaba casi las ocho de la noche, ella, que ya conocía el tema, se dirigió al personaje, y con absoluta calma dijo: por orden presidencial no se pagarán esos días, tenemos la comunicación oficial en ese sentido…  ¡Usted debe autorizar ese pago, interrumpió el maestro, debe autorizarlo; en caso contrario, nos llevará a demandar a la gobernación!  No hay más que decir, agregué. Paciencia. Un largo día... encerrada en ese despacho.   ¡Esto no es legal!, exclamaba uno de ellos al retirarse de la oficina.  

Pablo, el imperturbable Pablo, no se cansaba de acompañarnos, allí parado en silencio… escuchaba todo, veía todo. Esa noche le pregunté por el informe que debía presentar en la reunión del día siguiente; al fin al cabo, era el secretario de gobierno y asuntos indígenas, debía preparar su reporte y no lo había visto trabajar en otra cosa que no fuera espiarnos.  Lo tengo listo, respondió. Suspiro.   Un día normal.  

Continuará...

El sol sale temprano en Inírida



Still Life with quinces. Vincent Van Gohg (1888-1889) Galerie Bremen

 En Inírida amanece a las cinco de la mañana, su ubicación en el extremo oriente del país comparte el huso horario  de Caracas aunque la hora de Bogotá. Temprano abrimos los ojos con un sonido extraño. Alguien o algo caminaba en el segundo piso. Unos pasos ligeros se sentían. No habíamos tenido tiempo de recorrer la casa.  Aún con la mala noche en la piel me levanté y agudicé el oido. Eran pasos, sí, pero no tan sutiles, alguien caminaba sobre mi habitación.  Era día de trabajo, así que, antes de cualquier indagación, decidí darme un baño y prepararme para el día.   El agua de la ducha dejaba mucho que desear, el color  indicaba que era mejor dejarla reposar en un tanque y usarla a totumadas luego de que decantara... Pero en ese momento no tenía ni el tanque, ni la totuma para ducharme, así que no tuve más remedio que meterme bajo el chorro  marrón. El cabello quedó con una extraña sensación a gel.

A las seis y treinta nos encontramos con Margarita en la cocina, ella con buen ánimo, cómo siempre, invitó a una fruta de desayuno. Debíamos ir a comprar lo esencial para la nevera, pero eso sería al atardecer. Minutos más tarde llegó Carlos, quien  nos llevó a tomar un café en el Hospital. Allí desayunamos. Saludamos a los médicos, al director y al personal de planta.  Gente muy querida. Recuerdo a Magnolia, la señora que se encargaba de la alimentación, desde el primer momento nos invitó a comer en su casino. Así lo hicimos desde ese día.   El hospital me sorprendió, un lugar muy bien mantenido, en perfecto estado, con buenos equipos y médicos de las mejores universidades de Bogotá quienes se encontraban haciendo su rural o prácticas como especialistas. Nos mostraron las salas de cirugía, el laboratorio. Luego de conversar y presentarnos, nos preparamos para lo que sería el día. En la mañana trabajo de oficina, debía conocer a los colaboradores,  programar reunión de gobierno con los secretarios sectoriales,   resolver algunas inquietudes de última hora; en la tarde, teníamos la posesión en la Asamblea Departamental.  La primera llamada fue para el coronel de la Policía, le solicité seguridad nocturna para la casa donde nos alojábamos, el incidente de las motos de la noche anterior me dejó inquieta. La solicitud fue aprobada de inmediato. En comunicación escrita convoqué a los secretarios a una reunión a los dos días para que presentaran un informe sobre la situación departamental.  Antes de la diez de la mañana ya teníamos la primera prueba de gobierno.  

Shaumonekusse (Prairie Wolf) 1822. Charles Bird King

Un grupo de payes, médicos tradicionales indígenas, solicitaron audiencia con la gobernadora. Por supuesto y de inmediato se les hizo seguir. El grupo llegó con cara de pocos amigos, sin tomar asiento me preguntaron la razón por la cual la gobernación había autorizado el ingreso de personas ajenas a las comunidades indígenas a un evento de carácter privado sobre medicina tradicional. Quedé sorprendida.  ¿La gobernación o la gobernadora?  Contestaron que creían que había sido la gobernadora, yo.  Hice llamar al secretario de salud para aclarar el asunto; luego de un intercambio de preguntas y respuestas se dejó en claro que no se había dado ninguna instrucción al respecto y que desde la gobernación se apoyaba la reunión en los términos que los payes consideraran apropiados. Su temor, según lo expresaron, era el robo de secretos ancestrales por parte de colonos y recién llegados. Ya les había pasado antes y por ello, habían decidido mantener con discreción su conocimiento. Nos despedimos en mejores términos y una sonrisa de parte y parte.  Pablo, el indígena y secretario de gobierno, permanecía, parado en la puerta como un guerrero de Terracota. 

The Syndics. Rembrant Harmensz. 1622

La tarde tuvo como plato fuerte la posesión como gobernadora ante la Asamblea.  El breve discurso me lo preparó mi padre, pocas palabras y las indicadas.    De tanto redactar discursos para el ministro, había perdido mi voz propia, por decirlo de alguna manera, así que recurrí a mi padre.  El texto breve fue apropiado y me permitió volver a la oficina para las cuatro de la tarde, no sin antes encontrarme en la puerta de la Asamblea con el gobernador recién suspendido, quien con una mirada de dueño del balón, afirmó sin el menor pudor  en voz alta:   soy el gobernador elegido popularmente...  Lo miré por unos segundos y me guardé cualquier comentario.

Laughing jester.
El día transcurrió muy rápido, cómo todos los días en Inírida. No tuvimos tiempo de ir al puerto a ver el atardecer, ni nos dimos cuenta a qué hora se ocultó el sol. El trabajo era permanente, Margarita, como un ángel guardián, revisó cada papel, cada documento que dejaban para mi firma, ninguno llenó los requisitos para la firma de la gobernadora.  Gracias a su gestión no seguí los pasos del gobernador suspendido. Ahora como en aquél momento, me pregunto cómo puede alguien gobernar  -como el gobernador elegido popularmente- sin  oficina jurídica. No se puede.   
Carlos llegó por nosotras a las 730 de la noche, las tiendas iban a cerrar, así que decidimos apagar luces de la oficina e ir por las compras, algo sencillo.  Al volver a la casa, tal y como lo había prometido el coronel,  encontramos a un joven policía al lado de la puerta.  Al guardar en la nevera la fruta,  las galletas, un yogurt, un queso, mencioné los pasos de la madrugada en el segundo piso. Margarita me miró sorprendida y dijo: sí, escuché los pasos... pero esta casa no tiene segundo piso...  Sorpresa.