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Las campañas...

Las campañas...

Angel of Loneliness by Matías Pinasco

Y ahora vienen a pedirme que perdone.
Con campañas, carteles, camisetas, con bombos y platillos...
No comprendo sus mensajes.
He olvidado letras, se han ido hasta las comas y los puntos.


Observo sus zapatos, cómodos, de marca,
cordones que amarran al cerebro.
El perdón, esa es la vía… 
Claro los escucho. Y lo repiten como si hicieran una plana.

Cuánto extraño...




Flowers of Vucovar, Casilla Fejes

Cuánto extraño





Cuánto extraño el recorrido,
el sendero acompañado.
El silencio, la huella de rocío.
Lluvia que mitiga, atempera, tranquiliza…
La montaña, sus colores, su eterno desafío.
Los sonidos, los olores… tu consejo.
Hoy, un sueño desteñido.

Ciudades subterráneas



Un extraño orden se impone
aún en el caos de la guerra.
La escasez, el desconcierto, la tristeza.
La rutina de otros tiempos se convierte
en reliquia, esperanza y agonía.

Un día normal

View of Roofs and Gardens, Karl Blechen 1835, Alte Nationalgalerie Musee zu Berlin

El espíritu que deambulaba por el inexistente segundo piso, nos acompañó por dos o tres madrugadas antes de ser descubierto.  El cansancio en las noches y los problemas del departamento en el día, hacían que olvidáramos el asunto. Sabíamos que los verdaderos espectros no rondaban por el entretecho, sino por los alrededores de la gobernación. Los poderes locales empezaban a resentir que la gobernadora no firmara un solo cheque o giro, y que no lo iba a firmar sin cumplir la ley…  Pronto se develó el misterio, el espíritu hizo su aparición. Margarita le madrugó al amanecer y decidió dar una ronda por la casa, cerca de la cocina, se encontró de frente con el origen de los pasos: ¿ratas o chigüiros?  No había duda, concluyó, es un cruce solo posible en estas latitudes. Las bestias corrieron al verse descubiertas. Ella, tomó aire y luego de pensarlo un poco, me aseguró que se haría cargo de inmediato. 

Poco tiempo se necesitó para que nos hiciéramos a una idea de la realidad.  El desfile de ciudadanos con inquietudes, quejas, solicitudes era innumerable; a todos se les atendió, hora tras hora, día tras día. Mientras Margarita, a mi lado, leía con detenimiento los documentos oficiales para mi firma –y los devolvía-; yo me transformaba, poco a poco, en una especie de Evita tropical sin chequera: solo oídos, papel y lápiz.  De nueve a doce del día tomaba nota de cada solicitud, llamaba al funcionario respectivo y aseguraba que haríamos lo posible... En definitiva, hacía poco.  Gestionar los procesos en marcha o desempantanar los que se habían hundido por malos manejos requería de una labor de equipo y   de tiempo para alcanzar un resultado. Hacíamos lo que podíamos en aquél Lejano Este.  Escuchar era parte de ello.  Algunas visitas me conmovieron, otras me sorprendieron, otras lograron enfurecerme. 

 Landscape, Hughie Lee-Smith, 1958. SCAD Museum Art

Doctora, vengo del corregimiento de San Felipe, en la frontera con Venezuela, tengo dos solicitudes: la primera, si es posible, una biblioteca para el corregimiento, nos gustaría contar con libros; y la segunda… podría darme una bandera. ¡!  ¿En la frontera oriental de este país no hay una bandera de Colombia? No.  Es fácil conseguir la venezolana, pero es imposible conseguir una de Colombia. Podría darme una antes de regresar…

Doctora, tengo una operación en Bogotá, sufro de hernia discal y debo operarme, el dolor no me deja en paz… necesito su autorización para la compra de pasajes y para viajar la próxima semana, en la oficina de recursos humanos no encuentran mi carpeta, dicen que legalmente no soy funcionario y llevo siete años aquí, todos me conocen… ¿Podría autorizar la compra del pasaje?

 Doctora, no puede parar todos los contratos… no está bien que detenga las obras, los compromisos… No ha firmado nada y tenemos compromisos en Barrancominas. Esta fue la frase con la que se presentó el secretario de obras, funcionario de la gobernación.  
  
El énfasis en las palabras compromisos y Barrancominas no era gratuito.  Para la época, 1999,  el aeropuerto del corregimiento de Barrancominas, Guainía, tenía más tráfico  aéreo que Bogotá… y no aterrizaban particularmente turistas.   En medio de los diálogos de paz con el gobierno y la zona de despeje, las Farc no descuidaba los negocios.  Al escribir estas líneas, encontré una noticia interesante: “El 31 de agosto de 1999, el General Fernando Tapias S. le informa al Presidente Pastrana que un gigantesco cargamento de armas le había llegado a las FARC. Estas habían sido soltadas desde aviones cargueros sobre Barrancominas en el Guainía. 10.000 fusiles AK 47 que los guerrilleros habían negociado con Vladimiro Montesinos, el asesor de seguridad y mano derecha del Presidente Alberto Fujimori del Perú.”  Preparaban otra de sus conocidas faenas.   El calendario marcaba el 13 de noviembre y, esa noche, el secretario de obras insistía reiteradamente en  cumplir con la gente del corregimiento.  Luego de una intensa charla,  le aseguré que cumpliría con los compromisos, siempre y cuando dichos compromisos tuvieran certificado de disponibilidad presupuestal… cumplieran la ley.  Se quedó en silencio, se paró y se fue.  Volvería. 

Selfportrait, Egon Schile. 1912. Leopold Museum Viena.
Doctora, somos del sindicato de maestros, como usted sabe hicimos una huelga nacional hace pocos meses y no se nos han pagado los días que no trabajamos. Exigimos que nos cumplan nuestros derechos laborales.  ¡! Miré a Margarita, el reloj marcaba casi las ocho de la noche, ella, que ya conocía el tema, se dirigió al personaje, y con absoluta calma dijo: por orden presidencial no se pagarán esos días, tenemos la comunicación oficial en ese sentido…  ¡Usted debe autorizar ese pago, interrumpió el maestro, debe autorizarlo; en caso contrario, nos llevará a demandar a la gobernación!  No hay más que decir, agregué. Paciencia. Un largo día... encerrada en ese despacho.   ¡Esto no es legal!, exclamaba uno de ellos al retirarse de la oficina.  

Pablo, el imperturbable Pablo, no se cansaba de acompañarnos, allí parado en silencio… escuchaba todo, veía todo. Esa noche le pregunté por el informe que debía presentar en la reunión del día siguiente; al fin al cabo, era el secretario de gobierno y asuntos indígenas, debía preparar su reporte y no lo había visto trabajar en otra cosa que no fuera espiarnos.  Lo tengo listo, respondió. Suspiro.   Un día normal.  

Continuará...

Un poco de entrenamiento militar, primera noche

En plena naturaleza 1901, Martin Malharro. Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires

Llegamos. El lugar  era el perfecto aeropuerto latinoamericano para el imaginario hollywoodense: una infraestructura mal pintada sin puertas o ventanas, mesas para revisar equipajes de salida, pocos policías, unas sillas viejas de madera, desorden, familiares y amigos de los viajeros. Calor. Caminamos por la pista. Saludo protocolario, breve presentación y a la camioneta.  Un daihatsu rojo de finales de los ochenta, desajustado pero impecable. Carlos, el conductor, se presentó y nos guardó las pocas maletas en la parte de atrás del carro.  En otro vehículo la comitiva de bienvenida con algunos secretarios del despacho, el comandante de la infantería de marina y el coronel de la policía en otro carro.  Camino a Inírida, a pocos metros del cinematográfico aeropuerto,  vestigios de una enorme obra inconclusa, la selva salía por el techo y  las ventanas de un segundo piso en ruinas como si se tratara de una obra de arte moderno. Un intento por modernizar el aeropuerto, nos aseguró Carlos, sin retirar sus ojos de la vía, una promesa política que quedó en eso. Silencio.

Diez  minutos separan el aeropuerto del centro del pueblo. Una plaza central con la típica cuadrícula urbana heredada del  trazo español para sus colonias. La construcción más alta es la gobernación, frente a unas palmas, una edificación blanca de dos pisos de buena altura con columnas a la vista, amplias escaleras.  En el segundo nivel varias oficinas. De inmediato nos conducen hacia el despacho del gobernador. Daisy, la secretaria, nos saludó tímida. Nos presentamos, algunos funcionarios aparecieron. En ese momento el secretario de salud nos saludó e invitó a almorzar al casino del hospital. Observé la oficina desde la puerta, no entré. Detallé las banderas  descoloridas; una pila de papeles en un mueble ubicado en una esquina, un escritorio enorme, una buena silla; dos sillas menos cómodas para los visitantes; más allá una puerta cerrada, ventanal hacia la plaza. Una oficina que podría ser seis veces la mía en el ministerio. Detallé el color y el estado de la pintura. La humedad de la selva recorría los rincones. Fotografías personales en paredes y bajo el vidrio del escritorio, una taza de café. Giré mi cabeza hacia Daisy y le solicité un escritorio para Margarita al lado del mío y “que retiren todas esas fotos personales del exgobernador”... Gobernador suspendido, aclaró de inmediato Pablo, el secretario de gobierno, un indígena que desde ese momento me siguió como una sombra.   Cierto.  La secretaria dudó sobre el tema de retirar las fotos, me miraba y luego al secretario de gobierno como si siguiera un partido de tenis. Repetí: Por favor Daisy no quiero esas fotos en la oficina. Guárdalas o envíalas a su dueño. Sin mucha convicción, aceptó.

Café de Nadie 1930, Ramón Alva de la Canal. Museo Nacional de Arte

 Del hospital y su gente hablaré más adelante. La tarde se pasó en minutos. Luego del almuerzo pasamos por la casa que nos asignaron, dejamos las maletas y regresamos a la oficina. Escritorio al lado mío para Margarita y ni una solo foto del gobernador suspendido. Daisy resultó eficiente después de todo. Revisamos algunos documentos y lanzamos la primera resolución: Atención al público de 8 a 12am.  “Quien no sabe escuchar no sabe gobernar” dice Adriano, el emperador romano en sus literarias memorias de Yourcenar. Lo que no dice la escritora es que de allí a Aló Sancho o Consejos Comunitarios hay un paso. Durante toda la tarde Pablo estuvo allí, sentado frente a mi escritorio, sin decir una palabra, solo escuchaba y nos observaba.  Pasadas las seis de la tarde el sol estaba por desaparecer como casi todos los funcionarios a esa hora. Mandé llamar a Carlos. Nos vamos, dije. Nos vamos a conocer el puerto y a ver el atardecer. Margarita se alistó, guardamos los documentos para leer más tarde en la casa. Pablo intentó acompañarnos pero le agradecí, se quedó allí en silencio. Salimos.  Fue el único atardecer que vimos desde el puerto. El sol se ocultó adornado con los colores del verano, el sello de fuego sobre las aguas del Inírida desapareció poco a poco. 

The Bedroom 1888, Vincent Van Gogh. Van Gogh Museum

 Esa noche tuvimos poco tiempo para detallar la casa de la Secretaría de Salud, donde nos alojaron, nos habían dejado algo de fruta sobre la mesa de comedor.  El día había sido largo y al siguiente tenía la posesión en la Asamblea Departamental, presentación en sociedad de la nueva gobernadora.  Nos despedimos temprano, cada una se retiró a su habitación.  Tomé una libreta de notas y algunos documentos para revisar, me recosté y prendí el televisor, en el noticiero repetían la entrevista en “inglés” que la reina del Guainía –días de reinado en Cartagena-  había concedido aquella tarde. Los presentadores reían. La reina aseguraba que hablaba inglés y luego para comprobarlo respondía a una pregunta en algo más parecido al mandarín. Nadie entendió su respuesta. Ni ella misma. Pocos minutos después se fue la luz. El racionamiento de doce horas iniciaba a las diez de la noche, dejé mis notas sobre la mesita y acerqué mi linterna a la almohada. Quedé dormida de inmediato...  

Una explosión me dejó sentada sobre la cama, no veía a un metro, no entendía lo que sucedía. Tomé mi linterna -gracias madre mía, tengo mi linterna conmigo-, eran las dos de la mañana. Me tiré al suelo, llamé a Margarita. ¿Escuchaste eso?  Siiii, me contestó con un hilo de voz desde su habitación.  Otra más, una nueva explosión se sintió fuerte. Mi menté quedó en blanco. Decidí que no estaría sola así que me arrastré, a ras de piso,  sobre mis codos como soldado en entrenamiento,  hasta la habitación de Margarita, apagué la linterna, casi bajo la cama escuchamos la tercera explosión. No hablámos, conteníamos el aliento. De repente motos rodearon la casa, daban vueltas, iluminaban las cortinas, nos cercaron por varios minutos. Recordé mi celular, lo había dejado sobre la mesita, de nuevo con  mayor experiencia militar volví sobre mis codos a mi habitación, tomé el teléfono y bajo la cama busqué el número del comandante de la infantería. ¿Qué pasa Coronel? ¿Qué es eso? Doctora no se preocupe, fue en el acueducto, se explotó una dinamita de la obra que adelantan allí. No pasa nada. ¿Seguro? Seguro, respondió. Alivio. Luego de unos minutos las motos desaparecieron por donde llegaron.  Nunca pregunté por las motos de aquella noche.  A las tres de la mañana, luego de una breve charla con Margarita, sentadas en el suelo, regresé a mi cama. Estábamos en el Guainía. Recibimiento.


Una linterna siempre es necesaria



Three figures conversing in an interior. Gerard ter Borch, 1653. Rijksmuseum
Antes de viajar el ministro me hizo una solicitud y un anuncio. La primera, “debe trabajar con lo que tiene. No remplazará a ningún funcionario”. Hecho. El segundo, “estaremos pendientes”.  Gracias.  Por su parte, mi padre me dio valiosas recomendaciones: “Siempre esté acompañada al recibir visitas de políticos locales, funcionarios o particulares, siempre”. Seguí el sabio consejo. La segunda:  “Además de saludar a los comandantes de la fuerzas armadas, visite a la máxima autoridad de la iglesia en Inírida y vaya a misa. Las autoridades deben apoyarse”. Me sorprendió el consejo, por lo de ir a misa-. La tercera recomendación me la dió mi madre: “Lleve una linterna, nunca se sabe cuándo es útil y es mejor tenerla a mano”. Luego de años de ausencia, asistí a misa... con linterna en mano.

La noticia oficial del nombramiento llegó con el decreto 2165 del 4 de noviembre de 1999.  Se suspendía al gobernador de manera inmediata, quien había solicitado vacaciones días atrás; el secretario privado, quien asumió como su encargado, también fue suspendido. El gobierno nacional designó un gobernador provisional mientras el partido político enviaba terna para el remplazo del suspendido sin retorno.  Una vez en firme el nombramiento tenía pocos días para estudiar la cifras del departamento, preparar el viaje, dejar la oficina en orden y hacer maletas.  Los informes sobre la gestión pública no podían ser más desoladores.  El olvido deja huella. La falta de atención del gobierno central a esas tierras tiene consecuencias. Suspender un gobernador tras otro por corrupción o incompetencia debería ser un indicador de que algo no está bien en esos territorios que van a su suerte desde que la descentralización los niveló en responsabilidades con las regiones más desarrolladas del país. Pobreza. 

Lake Grunewald, Walter Leistikow, 1895 Museo de Berlín


El Guainía es un departamento desconocido, lejano, etéreo. Papúa Nueva Guinea, tal vez signifique más para los colombianos que el Guainía. Fue una de las razones por la que acepté el encargo. ¿Cuándo conocería esas tierras? Esa media Colombia olvidada no está en los radares de los profesionales capacitados - pocos se animan-, de las oficinas del gobierno central y menos de inversionistas o empresarios.  La explotación de sus riquezas: madera, oro y ahora el mineral de moda: el coltán, se hace de manera ilegal a manos de quienes, a falta de un estado y de oportunidades en otras regiones,  se han adueñado de esas tierras por siglos: los aventureros. Por esas tierras campea, entre otros males,  la indiferencia, la pobreza y el olvido.  Guainía es selva, selva amazónica, verde y majestuosa. Es frontera con Venezuela y Brasil, se encuentra en el oriente del país.  Sus ríos el Guaviare al norte, el Inírida y Guainía al centro y el Atabapo al oriente atraviesan sus profundos secretos y corren hacia el Orinoco. Para la época se estimaba en veintitrés mil habitantes la población del departamento, aunque el gobierno central contabilizaba muchos menos; doce mil de ellos vivían en la capital. El ochenta por ciento indígena de las comunidades kurripaco, sikuani, puinaves, tucanos, piapocos, el resto: colonos quienes detentan el poder político y, por supuesto, el manejo de los recursos y las decisiones. Lo esperado.

Mata Mua, Paul Gauguin, 1892.

El día llegó, tomamos el vuelo Satena en Bogotá, breve parada en Villavicencio y luego directo a nuestro destino. Margarita me acompañaba. Descubrí que compartíamos la misma aversión a volar, conversamos un poco. Me previno sobre tomar bebidas desconocidas. Era posible que nos embrujaran, los hechizos y brebajes, según ella, eran comunes en esos territorios. Sonreí.  Era la primera vez en meses, conversamos sin las limitaciones del espacio y tiempo del Ministerio. Me sentí complacida de viajar con ella, hasta el día de hoy agradezco su compañía.  

Desde la ventanilla la vista era impresionante. Kilómetro tras kilómetro de verde solo interrumpido por los colores que exhiben  los ríos: grises, marrones, azules; la vista parecía un paisaje dibujado por un niño pequeño, un dibujo sencillo pero hermoso a la vez, cubierto con un marco celeste. Monte, cielo y ríos era todo lo que se divisaba. Llegó la hora. Aterrizamos.  Llegamos al Guainía un 11 de noviembre, fiesta nacional.  Por razones de calendario el día festivo se celebraría ocho días después. Por las escalerillas de aquel  Satena bajó Sancho, se dirigía hacia su ínsula; Sancho y su siempre oportuna abogada Margarita.