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Amanecer en Lampedusa

Amanecer en Lampedusa





Sunsent in Lampedusa by Graziano Rachelli

Las luces a lo lejos se apagaron. 
Soy pecio...
Allí, en medio del caos y el  embate de las olas, 
solos.
El sur no es el paisaje que desean en sus calles
Indignos visitantes con relatos de excolonias,
miseria envuelta en  gobiernos de bolsillo, 
riquezas y contratos

El pesquero resistió a  su destino
Había salido victorioso en múltiples combates
Cuerpo a cuerpo con Neptuno, Eolo y otros tantos.
El Rekaya se alzaba por encima de los mares
dando gracias por los días y las noches de captura
Tiempos de merluza, el atún,  y pez espada…
Pero esos fueron otros tiempos.

Un retrato en sepia, voces y castaños.



Un año lloviendo. ManuelOrero

Ella sin sonrisa ni atisbo de imprudencia
manos al regazo, ligera inclinación de la cabeza
labios bien sellados, cabello recogido,
lejana la mirada… Carácter de una dama.
¿Qué pasa por su mente?
 ¿Qué sueños, qué parajes anheló en sus noches blancas?

Traje largo, encaje al cuello,
collar de perlas acompañan a la argolla que se muestra muy discreta,
sello de serio compromiso.
Fin del primer plano.



El trancón de fin de tarde






Aseguran que en silencio
los cerebros tienden puentes,
lazos intangibles rondan, nos circundan.
No hace falta sílaba o vocablo,
Emociones que nos cubren,
nubes hacia un sol que se escabulle.








Calle Pintor Velasquez, No. 6



Han pasado treinta años
El otoño apenas comenzaba.

Paso obligado pasillo primer piso,
Una mirada de reojo, un anhelo camuflado, 
señal de ligera indiferencia
El desajuste en la puerta del buzón, 
posible presencia de noticias,
Un mensaje, una postal, o quizás 
una paloma mensajera.
Falsa alarma, 
el desajuste es solo negligencia del casero.
Don Manolo se defiende: 
el buzón es el de siempre.


Mis zapatos viejos




Un corto viaje acabó con su existencia.
Caminata sin pretensiones ni barullos
Fue el empedrado el que quebró al final su fortaleza.
Un aliento de congoja cubrió el descubrimiento
Compañero de senderos, fiel, prudente, buen amigo.







Escuela de Pastores




Decidiste ingresar a la escuela de pastores…
Aclaras que tu afecto es por 
la cabra lechera y la oveja merina.
Lejos de sermones, gabelas o culpas que afloren eficaces.
¿Sangre de un abuelo caminante? ¿Una fábula que te leyó de niño?

Una tarde solitaria

Una Tarde Solitaria


Quarter past seven by Tomi Beskounik
  
El reloj de la cocina va a su propio ritmo, una tarde solitaria escuché su corazón moverse con esfuerzo. Casi imperceptible fue su decisión de quedarse con el tiempo. 



Como bailarina de puntillas practica sus posturas sin asomo de cordura. Yo lo observo desde lejos. Sus zapatillas media punta se grabaron en mi mente. 





Otros miembros del equipo han decidido detenerse. En la Catedral y esquinas coloniales se quedaron en silencio. Transeúntes y locales parecen algo inmunes, escuchan las noticias o corren a una cita cancelada.

Los amigos me recuerdan que el reloj de la cocina va a su propio ritmo, yo sonrío.    

No está mal creer son las nueve cuando ya el otoño advierte su llegada.



Una linterna siempre es necesaria



Three figures conversing in an interior. Gerard ter Borch, 1653. Rijksmuseum
Antes de viajar el ministro me hizo una solicitud y un anuncio. La primera, “debe trabajar con lo que tiene. No remplazará a ningún funcionario”. Hecho. El segundo, “estaremos pendientes”.  Gracias.  Por su parte, mi padre me dio valiosas recomendaciones: “Siempre esté acompañada al recibir visitas de políticos locales, funcionarios o particulares, siempre”. Seguí el sabio consejo. La segunda:  “Además de saludar a los comandantes de la fuerzas armadas, visite a la máxima autoridad de la iglesia en Inírida y vaya a misa. Las autoridades deben apoyarse”. Me sorprendió el consejo, por lo de ir a misa-. La tercera recomendación me la dió mi madre: “Lleve una linterna, nunca se sabe cuándo es útil y es mejor tenerla a mano”. Luego de años de ausencia, asistí a misa... con linterna en mano.

La noticia oficial del nombramiento llegó con el decreto 2165 del 4 de noviembre de 1999.  Se suspendía al gobernador de manera inmediata, quien había solicitado vacaciones días atrás; el secretario privado, quien asumió como su encargado, también fue suspendido. El gobierno nacional designó un gobernador provisional mientras el partido político enviaba terna para el remplazo del suspendido sin retorno.  Una vez en firme el nombramiento tenía pocos días para estudiar la cifras del departamento, preparar el viaje, dejar la oficina en orden y hacer maletas.  Los informes sobre la gestión pública no podían ser más desoladores.  El olvido deja huella. La falta de atención del gobierno central a esas tierras tiene consecuencias. Suspender un gobernador tras otro por corrupción o incompetencia debería ser un indicador de que algo no está bien en esos territorios que van a su suerte desde que la descentralización los niveló en responsabilidades con las regiones más desarrolladas del país. Pobreza. 

Lake Grunewald, Walter Leistikow, 1895 Museo de Berlín


El Guainía es un departamento desconocido, lejano, etéreo. Papúa Nueva Guinea, tal vez signifique más para los colombianos que el Guainía. Fue una de las razones por la que acepté el encargo. ¿Cuándo conocería esas tierras? Esa media Colombia olvidada no está en los radares de los profesionales capacitados - pocos se animan-, de las oficinas del gobierno central y menos de inversionistas o empresarios.  La explotación de sus riquezas: madera, oro y ahora el mineral de moda: el coltán, se hace de manera ilegal a manos de quienes, a falta de un estado y de oportunidades en otras regiones,  se han adueñado de esas tierras por siglos: los aventureros. Por esas tierras campea, entre otros males,  la indiferencia, la pobreza y el olvido.  Guainía es selva, selva amazónica, verde y majestuosa. Es frontera con Venezuela y Brasil, se encuentra en el oriente del país.  Sus ríos el Guaviare al norte, el Inírida y Guainía al centro y el Atabapo al oriente atraviesan sus profundos secretos y corren hacia el Orinoco. Para la época se estimaba en veintitrés mil habitantes la población del departamento, aunque el gobierno central contabilizaba muchos menos; doce mil de ellos vivían en la capital. El ochenta por ciento indígena de las comunidades kurripaco, sikuani, puinaves, tucanos, piapocos, el resto: colonos quienes detentan el poder político y, por supuesto, el manejo de los recursos y las decisiones. Lo esperado.

Mata Mua, Paul Gauguin, 1892.

El día llegó, tomamos el vuelo Satena en Bogotá, breve parada en Villavicencio y luego directo a nuestro destino. Margarita me acompañaba. Descubrí que compartíamos la misma aversión a volar, conversamos un poco. Me previno sobre tomar bebidas desconocidas. Era posible que nos embrujaran, los hechizos y brebajes, según ella, eran comunes en esos territorios. Sonreí.  Era la primera vez en meses, conversamos sin las limitaciones del espacio y tiempo del Ministerio. Me sentí complacida de viajar con ella, hasta el día de hoy agradezco su compañía.  

Desde la ventanilla la vista era impresionante. Kilómetro tras kilómetro de verde solo interrumpido por los colores que exhiben  los ríos: grises, marrones, azules; la vista parecía un paisaje dibujado por un niño pequeño, un dibujo sencillo pero hermoso a la vez, cubierto con un marco celeste. Monte, cielo y ríos era todo lo que se divisaba. Llegó la hora. Aterrizamos.  Llegamos al Guainía un 11 de noviembre, fiesta nacional.  Por razones de calendario el día festivo se celebraría ocho días después. Por las escalerillas de aquel  Satena bajó Sancho, se dirigía hacia su ínsula; Sancho y su siempre oportuna abogada Margarita.