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Materia Fina

Materia Fina



Living Wall by Brandon Donnelly


Niño  feliz, materia fina,
repite himnos, orgullo de los padres,
pañuelo al cuello,
viva sangre, imagen del pasado.
Pasos previos ahorran desventuras, escucha cada tarde.  

Cada día, de la mano,  recorre de nuevo ese camino,
la tapia lo protege. 
De repente,  el chiquillo se detiene y aparece la pregunta…
algunos se molestan, otros disimulan.



Calle Pintor Velasquez, No. 6



Han pasado treinta años
El otoño apenas comenzaba.

Paso obligado pasillo primer piso,
Una mirada de reojo, un anhelo camuflado, 
señal de ligera indiferencia
El desajuste en la puerta del buzón, 
posible presencia de noticias,
Un mensaje, una postal, o quizás 
una paloma mensajera.
Falsa alarma, 
el desajuste es solo negligencia del casero.
Don Manolo se defiende: 
el buzón es el de siempre.


Mis zapatos viejos




Un corto viaje acabó con su existencia.
Caminata sin pretensiones ni barullos
Fue el empedrado el que quebró al final su fortaleza.
Un aliento de congoja cubrió el descubrimiento
Compañero de senderos, fiel, prudente, buen amigo.







Pasaporte con destino




 La paleta de pasteles perfuma el infinito,
Un vuelo que llega a su destino,
Ojos somnolientos, valija a mano,
la puerta que se abre.







Imagino tu sonrisa, tu rostro trazado de poemas,
tu cabello habrá caído, lo presiento; 
así como algunas de mis partes, 
te aseguro. Meses han pasado…años para ser sinceros,
Ambos lo sabemos. El riesgo está tomado.

La fila se deshace a ritmo de bolero,
el funcionario de ojos fijos interroga: ¿vez primera?
No, reincidencia sin mejora. El sello y la sonrisa.

¿Algo a declarar? ... ¿A declarar? Extraño a mi perro,
el naranjo está en cosecha,
un espíritu trastornado escapó de mi novela…
y un ingrediente al vacío para la receta que a él le gusta.



Ruedas sobre el mármol forman una caravana,
Zapatos presurosos vuelan a brazos que quizás no los esperan. 
Cada quien y sus regresos, sus obsequios, sus memorias y utopías…




La madrugada cumple su promesa,
el viento de otoño arranca el perfume del caribe.
Traigo tu canela, el reloj de arena que olvidaste con la luna,
 y las cartas que hace años me acompañan, y son tuyas.
Te escucho: bienvenida. Me escucho: bienvenido.



Un poco de entrenamiento militar, primera noche

En plena naturaleza 1901, Martin Malharro. Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires

Llegamos. El lugar  era el perfecto aeropuerto latinoamericano para el imaginario hollywoodense: una infraestructura mal pintada sin puertas o ventanas, mesas para revisar equipajes de salida, pocos policías, unas sillas viejas de madera, desorden, familiares y amigos de los viajeros. Calor. Caminamos por la pista. Saludo protocolario, breve presentación y a la camioneta.  Un daihatsu rojo de finales de los ochenta, desajustado pero impecable. Carlos, el conductor, se presentó y nos guardó las pocas maletas en la parte de atrás del carro.  En otro vehículo la comitiva de bienvenida con algunos secretarios del despacho, el comandante de la infantería de marina y el coronel de la policía en otro carro.  Camino a Inírida, a pocos metros del cinematográfico aeropuerto,  vestigios de una enorme obra inconclusa, la selva salía por el techo y  las ventanas de un segundo piso en ruinas como si se tratara de una obra de arte moderno. Un intento por modernizar el aeropuerto, nos aseguró Carlos, sin retirar sus ojos de la vía, una promesa política que quedó en eso. Silencio.

Diez  minutos separan el aeropuerto del centro del pueblo. Una plaza central con la típica cuadrícula urbana heredada del  trazo español para sus colonias. La construcción más alta es la gobernación, frente a unas palmas, una edificación blanca de dos pisos de buena altura con columnas a la vista, amplias escaleras.  En el segundo nivel varias oficinas. De inmediato nos conducen hacia el despacho del gobernador. Daisy, la secretaria, nos saludó tímida. Nos presentamos, algunos funcionarios aparecieron. En ese momento el secretario de salud nos saludó e invitó a almorzar al casino del hospital. Observé la oficina desde la puerta, no entré. Detallé las banderas  descoloridas; una pila de papeles en un mueble ubicado en una esquina, un escritorio enorme, una buena silla; dos sillas menos cómodas para los visitantes; más allá una puerta cerrada, ventanal hacia la plaza. Una oficina que podría ser seis veces la mía en el ministerio. Detallé el color y el estado de la pintura. La humedad de la selva recorría los rincones. Fotografías personales en paredes y bajo el vidrio del escritorio, una taza de café. Giré mi cabeza hacia Daisy y le solicité un escritorio para Margarita al lado del mío y “que retiren todas esas fotos personales del exgobernador”... Gobernador suspendido, aclaró de inmediato Pablo, el secretario de gobierno, un indígena que desde ese momento me siguió como una sombra.   Cierto.  La secretaria dudó sobre el tema de retirar las fotos, me miraba y luego al secretario de gobierno como si siguiera un partido de tenis. Repetí: Por favor Daisy no quiero esas fotos en la oficina. Guárdalas o envíalas a su dueño. Sin mucha convicción, aceptó.

Café de Nadie 1930, Ramón Alva de la Canal. Museo Nacional de Arte

 Del hospital y su gente hablaré más adelante. La tarde se pasó en minutos. Luego del almuerzo pasamos por la casa que nos asignaron, dejamos las maletas y regresamos a la oficina. Escritorio al lado mío para Margarita y ni una solo foto del gobernador suspendido. Daisy resultó eficiente después de todo. Revisamos algunos documentos y lanzamos la primera resolución: Atención al público de 8 a 12am.  “Quien no sabe escuchar no sabe gobernar” dice Adriano, el emperador romano en sus literarias memorias de Yourcenar. Lo que no dice la escritora es que de allí a Aló Sancho o Consejos Comunitarios hay un paso. Durante toda la tarde Pablo estuvo allí, sentado frente a mi escritorio, sin decir una palabra, solo escuchaba y nos observaba.  Pasadas las seis de la tarde el sol estaba por desaparecer como casi todos los funcionarios a esa hora. Mandé llamar a Carlos. Nos vamos, dije. Nos vamos a conocer el puerto y a ver el atardecer. Margarita se alistó, guardamos los documentos para leer más tarde en la casa. Pablo intentó acompañarnos pero le agradecí, se quedó allí en silencio. Salimos.  Fue el único atardecer que vimos desde el puerto. El sol se ocultó adornado con los colores del verano, el sello de fuego sobre las aguas del Inírida desapareció poco a poco. 

The Bedroom 1888, Vincent Van Gogh. Van Gogh Museum

 Esa noche tuvimos poco tiempo para detallar la casa de la Secretaría de Salud, donde nos alojaron, nos habían dejado algo de fruta sobre la mesa de comedor.  El día había sido largo y al siguiente tenía la posesión en la Asamblea Departamental, presentación en sociedad de la nueva gobernadora.  Nos despedimos temprano, cada una se retiró a su habitación.  Tomé una libreta de notas y algunos documentos para revisar, me recosté y prendí el televisor, en el noticiero repetían la entrevista en “inglés” que la reina del Guainía –días de reinado en Cartagena-  había concedido aquella tarde. Los presentadores reían. La reina aseguraba que hablaba inglés y luego para comprobarlo respondía a una pregunta en algo más parecido al mandarín. Nadie entendió su respuesta. Ni ella misma. Pocos minutos después se fue la luz. El racionamiento de doce horas iniciaba a las diez de la noche, dejé mis notas sobre la mesita y acerqué mi linterna a la almohada. Quedé dormida de inmediato...  

Una explosión me dejó sentada sobre la cama, no veía a un metro, no entendía lo que sucedía. Tomé mi linterna -gracias madre mía, tengo mi linterna conmigo-, eran las dos de la mañana. Me tiré al suelo, llamé a Margarita. ¿Escuchaste eso?  Siiii, me contestó con un hilo de voz desde su habitación.  Otra más, una nueva explosión se sintió fuerte. Mi menté quedó en blanco. Decidí que no estaría sola así que me arrastré, a ras de piso,  sobre mis codos como soldado en entrenamiento,  hasta la habitación de Margarita, apagué la linterna, casi bajo la cama escuchamos la tercera explosión. No hablámos, conteníamos el aliento. De repente motos rodearon la casa, daban vueltas, iluminaban las cortinas, nos cercaron por varios minutos. Recordé mi celular, lo había dejado sobre la mesita, de nuevo con  mayor experiencia militar volví sobre mis codos a mi habitación, tomé el teléfono y bajo la cama busqué el número del comandante de la infantería. ¿Qué pasa Coronel? ¿Qué es eso? Doctora no se preocupe, fue en el acueducto, se explotó una dinamita de la obra que adelantan allí. No pasa nada. ¿Seguro? Seguro, respondió. Alivio. Luego de unos minutos las motos desaparecieron por donde llegaron.  Nunca pregunté por las motos de aquella noche.  A las tres de la mañana, luego de una breve charla con Margarita, sentadas en el suelo, regresé a mi cama. Estábamos en el Guainía. Recibimiento.


Tardes sin Puerto


Henri Rousseau "Surprised!" The National Gallery. London


Algunas historias se niegan a pasar al olvido. Reaparecen de tiempo en tiempo en la memoria sin ningún llamado especial,  simplemente están allí esperando el momento para saltar de golpe como una fiera al acecho.  Quizás esas historias saben que merecen unas letras, una que otra frase, quieren vivir. Esta historia me da vueltas y vueltas desde hace más de una década, nunca antes escribí sobre esos día en la selva.  Por muchas razones me era difícil escribirla, creo que es el momento, de otra forma, se perderá inevitablemente en la espesa sombra en la que se convierten los recuerdos. 

Esta historia, a la que llamaré Tardes sin Puerto reapareció al viajar a Bogotá hace poco, por alguna razón que no es importante, bajé al depósito de cosas olvidadas -pero que me resisto a botar-, dentro de una caja encontré una vieja carpeta con documentos, notas, una agenda, el inicio de un diario.  Todo ese material me llevó a los días que viví en el Guainía, la selva colombiana, por unas semanas en el 99.  Recorrí cada documento, cada nota en mi agenda, cada palabra, recordé la imagen desde el avión de esa serpiente de agua que recorre lentamente la selva,  la sensación al bajar por las escalerillas, el golpe de calor húmedo que cubre como una pesada frazada al visitante.  Recuerdo al equipo de gobierno, -al secretario de asuntos indígenas, al de planeación-, esperando en el ruinoso aeropuerto a la nueva gobernadora (e) del departamento; las obras inconclusas al dirigirme a la sede de la gobernación en la camioneta de Carlitos, el conductor que me acompañaría los siguientes días;  el pueblo calentano, la vegetación de verde intenso; recuerdo los ojos de los locales asombrados, quizá por el nombramiento de una mujer de treinta años para esos territorios.  Todo ello me vino a la mente al recorrer esas páginas y documentos. Esta historia ha luchado por no perderse de mi memoria, fueron semanas intensas, quizá las más importantes y tristes de mi vida, un encuentro con el país real, el de la guerra, la corrupción, la pobreza pero también de la dedicación, la esperanza y la alegría de este pueblo generoso que no pierde la fe a pesar de las adversidades y malos gobiernos locales; y del olvido de las autoridades que desde Bogotá definen su destino.   

La noche estrellada Vincent van Gogh. Museo de Arte Moderno de Nueva York


Fue en el mes de octubre del 99 que tuve un sueño que me indicaría como un oráculo mi futuro cercano. La imagen como en una película  me ubicaba en un lugar campestre, fresco, suaves colores,  a lo lejos resonaba el eco de una fiesta, yo me encontraba  en un paraje despejado, un bosque ligero  en el fondo, una cerca de madera se veía a la distancia, una noche estrellada como solo había visto en La Macarena años antes, un tapete de estrellas cubría aquella noche solitaria. Yo caminaba absorta, embelesada por ese regalo de luz; de repente y con fuerza, el universo entero se movía, cada estrella, cada punto iluminado se desplazaba de un lado para otro sin sentido, giraban, se desplaban, no entendía qué sucedía.  Luego de unos segundo todo volvió a su lugar, todo regresó a la calma, la música había cesado, de nuevo regresó el cielo sereno, pausado, hermoso.

Durante los siguientes días conversé con algunos amigos sobre ese mensaje onírico,  el sueño me quería anunciar algo, ¿pero qué?  Mis amigos incrédulos y muy racionales aseguraban que era un recuerdo de ese cielo de la Macarena que tanto me había marcado. Yo sabía que no era así... No fue así.

El teléfono sonó casi a la media noche, octubre terminaba, del despacho del ministro  un asesor me preguntó a boca de jarro si deseaba ir como gobernadora encargada al Guainía, ese olvidado departamento del suroriente de Colombia. Quedé sorprendida. Llevaba algo casi dos años como subdirectora de ordenamiento territorial. La gestión diaria era intensa, escribir discursos, prepapar reportes, participar en eternas reuniones sin objetivos claros, recibir las visitas de políticos regionales, coordinar políticas, o intentar, con otras entidades.   Mi jefe,  como alma en pena rondaba el ministerio desde la madrugada hasta la media noche, intenso y comprometido con su función pero agobiante al mismo tiempo  creía que la subdirectora debía seguir el mismo horario, a lo que yo, por supuesto me resistía.  Recordé cómo por esa época apareció un personaje particular por las oficinas de la subdirección,  era abogado de maletín oscuro y abrigo claro gastado, cada semana se acercaba y dejaba para mí un derecho de petición que debía responder por obligación legal en pocos días, el personaje se autodenominaba presidente nacional de las veedurías ciudadanas. Me tenía empapelada cada semana con eternos cuestionarios donde me interrogaba sobre mis funciones, mis resultados, mis tareas, mi gestión... Cada semana llegaba con sus cuestionarios cada vez más largos, mis funcionarios lo recibían con risas, yo apenas lo saludaba... ¿Viajar? ¿Dejar esa estrecha oficina por ir a la selva?  Ante mi silencio, el funcionario repitió la pregunta ¿Le interesa ir como gobernadora encargada al Guainía? Destituyen al gobernador por corrupción y usted es la persona que queremos allí.  Sin pensarlo mucho, conteste: sí, viajaré.

Trees, one of a pair with F1962.31
17th century The Smithsonian´ Museums of Asian Art