Usted tampoco me puede ayudar


Battle of Germany, 1944 Nash, Paul  en Imperial War Museum


En los siguientes días, antes del viaje a Inírida, estudié las finanzas departamentales, hablé con funcionarios expertos en la región, me aseguré de  dejar  los asuntos de la subdirección en manos de uno de mis colaboradores más experimentados; la sola idea de dejar esa oficina por una temporada era como un viento fresco. Cambio.
 
El llamado Palacio Echeverry  es una obra arquitectónica de estilo inglés de finales del siglo  XIX,  de tres naves, tres pisos, techos altos,  madera que crujía al caminar; y también baldosas en piedra en la primera planta; algunos aseguraban que una de las hijas del original dueño, se había suicidado, deambulaba el lugar por las noches.  A pesar de trabajar hasta la noche nunca sentí la fantasmal presencia, las únicas presencias que solían generar inquietud eran los senadores y representantes que rondaban la dirección, a cualquier hora, con intenciones burocráticas. Por acuerdo tácito con el director, él se encargaba de los planeadores y la subdirectora de los técnicos. 

Por esos día apareció un alcalde, lo recuerdo con precisión. Una de las noches previas a mi viaje, pasadas las ocho entró a mi oficina, me miró, guardó silencio por algunos segundos, luego se presentó y disculpó por no tener una cita previa. Lo hice seguir, su tono pálido, su traje arrugado revelaba un largo viaje, un  largo día. Unos minutos después se animó a hablarme: “doctora sé que usted tampoco  me puede ayudar, solo quiero sentarme un momento, si no le molesta”. Le ofrecí un café y una silla. Aceptó. Tenía razón, de poco sirven los funcionarios públicos, de nada práctico sirven en realidad la mayoría de las veces;  bajó los ojos, dejó caer sus brazos con desaliento, con voz baja continuó: “al parecer nadie puede ayudarme”. Indagué qué le sucedía y la razón de su viaje a Bogotá. “Viajé anoche, diez ocho horas desde mi pueblo, el municipio no tiene dinero para este tipo de viajes, no tengo viáticos, debo regresar esta misma noche; busco ayuda para el pueblo, he estado todo el día de oficina en oficina y como ve no tengo una respuesta o sí si la obtuve, la respuesta más inesperada...”


El palacio que venían restaurando poco a poco, muy poco a poco era, por esos años, la sede del Ministerio del Interior, el lugar es estratégico ya que queda a unos pasos del palacio presidencial y del congreso;  pero si para el ministro el lugar era apropiado, para quienes trabajábamos en el primer piso el lugar no podía ser más inapropiado: poca luz, humedad, frio. La Dirección de Descentralización se ubicaba en la primera planta, en las viejas caballerizas o cuartos de servicio de aquél palacio, estoy segura. Mi oficina había sido quizá una gran alacena: unos seis metros de largo por tres de ancho, diminuta, con una limitada claraboya en lo alto. Una gran alacena a finales del siglo XIX, una estrecha oficina a finales del XX.  Ese era el lugar de la subdirectora. Un estante de libros sobre ordenamiento territorial y descentralización a mi espalda, un escritorio reducido, silla apropiada para mi espalda operada, un planta acuática de 12 hojas y una lámpara siempre prendida sobre mi mesa;  dos estrechas sillas para los visitantes completaba todo el mobiliario. Dos puertas, una hacia las secretarias al frente y otra a mi derecha hacia la oficina del director. Ese  fue mi mundo por casi dos años, mi mundo de 6:45 de la mañana a la hora que fuera necesario en la noche.  La estrecha infraestructura, no menguó mi ánimo o el compromiso con la tarea. La experiencia valió la pena. ¡Todo sirve! 
Youth Mourning. Sir George Clausen 196. Imperial War Museum

Recuerdo a los funcionarios que trabajaban conmigo, profesionales juiciosos, algunos llevaban años en esas históricas instalaciones. Fui estricta al máximo, exigente con los documentos que preparaban, con sus respuestas escritas a las autoridades locales que nos escribían con frecuencia en busca de una asesoría, una información necesaria para su gestión; aunque al principio fue una relación complicada –era su jefe y menor que todos, creía en ellos más que ellos mismos- con el tiempo llegamos a una agradable armonía. 

El año 99 fue un año particularmente difícil – mucho decir para este país acostumbrado a años difíciles-, la economía en declive, muchos colombianos solo soñaban con irse, la inseguridad se encontraba en los máximos, los ataques guerrilleros y víctimas del conflicto ascendían. El área de distensión que el gobierno había cedido a los guerrilleros un año atrás con el ánimo de adelantar un acuerdo de paz se había convertido en una guarida desde donde planeaban atacar pueblos, instalar minas antipersonales en campos y veredas; secuestrar y traficar armas y drogas.  La fe en la paz se iba inevitablemente por el sifón, la esperanza en una salida negociada se perdió, desde el área de distensión no solo planeaban, ejecutaban todos sus propósitos. La paciencia se fue colmando. El pesimismo cubrió como una sombra el ánimo del país.  

Mientras eso sucedía yo trabajaba en la pequeña oficina, algo estrecha pero a salvo de la vida real, del dolor y la guerra, a salvo como tantos otros funcionarios que desde Bogotá ven la realidad por la televisión o por los periódicos. La guerra, la pobreza, los desplazamientos son datos para análisis políticos, charlas entre amigos, discursos, cifras de nota periodística, pero nada más.  Sin embargo, de vez en cuando la realidad se sentaba frente a mi escritorio.

Esa noche escuché con atención la historia del acongojado alcalde, otra noche fría en la ciudad; sobre mi mesa reposaba el más reciente informe de la contraloría sobre el Guainía, la historia de gobernadores sancionados por corrupción o incompetencia, las cifras de transferencias de la nación para educación y salud… El alcalde continuó con su relato “Casi a las seis de la tarde un funcionario que ya no recuerdo de qué entidad me recomendó venir al ministerio a la Oficina de Atención y Prevención de Desastres”;  quedé confundida, no había escuchado de ningún desastre natural reciente en el país, sin embargo pronto entendí de qué se trataba y la razón de su desilusión. Fue un malentendido, con un transfondo irónico.  El alcalde continuó: “Doctora, yo seguí la sugerencia, ya cansado de ir de una dependencia a otra en esta ciudad sin ningún resultado decidí venir a la Dirección de Atención y Prevención de Desastres, la que queda en el tercer piso... y ¿qué me dicen? Me contestaron: que un ataque guerrillero no es un desastre. ¿No es un desastre? La guerrilla destruyó todo el marco de la plaza, parte del hospital, la estación de policía, la alcaldía… tengo heridos, murieron vecinos, amigos. ¿No es un desastre? ¿Qué más desastre?”  Bajé los ojos, ambos quedamos en silencio. ¿Qué podía decir? Tenía razón, tenía toda la razón, esa oficina no existía en aquella época, el alcalde no tenía a quién acudir en Bogotá luego de un ataque guerrillero. Conversamos un poco más, luego de media hora, un café y algo de desahogo se fue, regresó a su pueblo con las manos vacías.  Tristeza. De tiempo en tiempo la realidad se sentaba frente a mi escritorio en aquella estrecha oficina ministerial. Pocos días restaban para mi partida como gobernadora encargada del departamento del Guainía.  Así pasaba los días, entre reuniones, cifras, información sobre el departamento.  No pasaría mucho tiempo antes de ponerme en los zapatos de aquél desolado alcalde.


The Cementery, Etaples 1919 en Imperial War Museum

Tardes sin Puerto


Henri Rousseau "Surprised!" The National Gallery. London


Algunas historias se niegan a pasar al olvido. Reaparecen de tiempo en tiempo en la memoria sin ningún llamado especial,  simplemente están allí esperando el momento para saltar de golpe como una fiera al acecho.  Quizás esas historias saben que merecen unas letras, una que otra frase, quieren vivir. Esta historia me da vueltas y vueltas desde hace más de una década, nunca antes escribí sobre esos día en la selva.  Por muchas razones me era difícil escribirla, creo que es el momento, de otra forma, se perderá inevitablemente en la espesa sombra en la que se convierten los recuerdos. 

Esta historia, a la que llamaré Tardes sin Puerto reapareció al viajar a Bogotá hace poco, por alguna razón que no es importante, bajé al depósito de cosas olvidadas -pero que me resisto a botar-, dentro de una caja encontré una vieja carpeta con documentos, notas, una agenda, el inicio de un diario.  Todo ese material me llevó a los días que viví en el Guainía, la selva colombiana, por unas semanas en el 99.  Recorrí cada documento, cada nota en mi agenda, cada palabra, recordé la imagen desde el avión de esa serpiente de agua que recorre lentamente la selva,  la sensación al bajar por las escalerillas, el golpe de calor húmedo que cubre como una pesada frazada al visitante.  Recuerdo al equipo de gobierno, -al secretario de asuntos indígenas, al de planeación-, esperando en el ruinoso aeropuerto a la nueva gobernadora (e) del departamento; las obras inconclusas al dirigirme a la sede de la gobernación en la camioneta de Carlitos, el conductor que me acompañaría los siguientes días;  el pueblo calentano, la vegetación de verde intenso; recuerdo los ojos de los locales asombrados, quizá por el nombramiento de una mujer de treinta años para esos territorios.  Todo ello me vino a la mente al recorrer esas páginas y documentos. Esta historia ha luchado por no perderse de mi memoria, fueron semanas intensas, quizá las más importantes y tristes de mi vida, un encuentro con el país real, el de la guerra, la corrupción, la pobreza pero también de la dedicación, la esperanza y la alegría de este pueblo generoso que no pierde la fe a pesar de las adversidades y malos gobiernos locales; y del olvido de las autoridades que desde Bogotá definen su destino.   

La noche estrellada Vincent van Gogh. Museo de Arte Moderno de Nueva York


Fue en el mes de octubre del 99 que tuve un sueño que me indicaría como un oráculo mi futuro cercano. La imagen como en una película  me ubicaba en un lugar campestre, fresco, suaves colores,  a lo lejos resonaba el eco de una fiesta, yo me encontraba  en un paraje despejado, un bosque ligero  en el fondo, una cerca de madera se veía a la distancia, una noche estrellada como solo había visto en La Macarena años antes, un tapete de estrellas cubría aquella noche solitaria. Yo caminaba absorta, embelesada por ese regalo de luz; de repente y con fuerza, el universo entero se movía, cada estrella, cada punto iluminado se desplazaba de un lado para otro sin sentido, giraban, se desplaban, no entendía qué sucedía.  Luego de unos segundo todo volvió a su lugar, todo regresó a la calma, la música había cesado, de nuevo regresó el cielo sereno, pausado, hermoso.

Durante los siguientes días conversé con algunos amigos sobre ese mensaje onírico,  el sueño me quería anunciar algo, ¿pero qué?  Mis amigos incrédulos y muy racionales aseguraban que era un recuerdo de ese cielo de la Macarena que tanto me había marcado. Yo sabía que no era así... No fue así.

El teléfono sonó casi a la media noche, octubre terminaba, del despacho del ministro  un asesor me preguntó a boca de jarro si deseaba ir como gobernadora encargada al Guainía, ese olvidado departamento del suroriente de Colombia. Quedé sorprendida. Llevaba algo casi dos años como subdirectora de ordenamiento territorial. La gestión diaria era intensa, escribir discursos, prepapar reportes, participar en eternas reuniones sin objetivos claros, recibir las visitas de políticos regionales, coordinar políticas, o intentar, con otras entidades.   Mi jefe,  como alma en pena rondaba el ministerio desde la madrugada hasta la media noche, intenso y comprometido con su función pero agobiante al mismo tiempo  creía que la subdirectora debía seguir el mismo horario, a lo que yo, por supuesto me resistía.  Recordé cómo por esa época apareció un personaje particular por las oficinas de la subdirección,  era abogado de maletín oscuro y abrigo claro gastado, cada semana se acercaba y dejaba para mí un derecho de petición que debía responder por obligación legal en pocos días, el personaje se autodenominaba presidente nacional de las veedurías ciudadanas. Me tenía empapelada cada semana con eternos cuestionarios donde me interrogaba sobre mis funciones, mis resultados, mis tareas, mi gestión... Cada semana llegaba con sus cuestionarios cada vez más largos, mis funcionarios lo recibían con risas, yo apenas lo saludaba... ¿Viajar? ¿Dejar esa estrecha oficina por ir a la selva?  Ante mi silencio, el funcionario repitió la pregunta ¿Le interesa ir como gobernadora encargada al Guainía? Destituyen al gobernador por corrupción y usted es la persona que queremos allí.  Sin pensarlo mucho, conteste: sí, viajaré.

Trees, one of a pair with F1962.31
17th century The Smithsonian´ Museums of Asian Art

Una disculpa


Cabo San Juan, Parque Tayrona

Hace días que estoy lejos de mis letras y mis historias. Estas semanas he disfrutado de visitas familiares, viaje a  Bogotá , los Llanos y tenido mucho trabajo...  no he tenido el tiempo y la disposición para regresar a mis historias.  Regresaré a mis recuerdos en este diario.   

Antes de seguir me quiero disculpar con algunos amigos que dejaron comentarios en este blog pero que nunca aparecieron, de hecho no los recibí por un error que cometí al habilitar la opción "comentarios", les agradezco sus palabras, me hubiera gustado leer sus comentarios, sugerencias y críticas...     Encontrarán la opción de comentarios al finalizar cada entrada, al dar click se despliega la ventana y al finalizar el el sistema les solicitará validar el comentario digitando una serie de letras y números, así saldrá publicado.  Me disculpo nuevamente.



Por ahora algunas imágenes de Cabo San Juan en el Parque Tayrona.  Fue en julio un día de playa inolvidable, caminata, sol, azul profundo, azul celeste, compartí el viaje con mi querida prima Sandrita  a quien no veía hacía dos años, viajó a  Colombia con su esposo Mike, fue agradable volver a verla, compartir con ella, es una persona especial a quien quiero muchísimo.  Hace dos años me acompañó en la recuperación de la cirugía, estuvo a mi lado y siempre me animó.  La quiero mucho.



El Dorado en cualquier parte

Luna llena sobre el Caribe
Las últimas noches en El Dorado transcurrieron tranquilas, la inminente despedida hizo que mis sentidos se agudizaran, pronto las madrugadas de algarabía con los múltiples cantos y silbidos de aves, y las noches de grillos, ranas y buhos pasarían a ser solo líneas en este blog. Recuerdos. Así también el olor del bosque luego de la lluvia, el frío de algunas tardes, la extraña sensación de estar rodeada de nubes en cualquier momento al trabajar en el lodge de la sede,  el verde intenso de los senderos y la melodía relajante del Agua de invierno cayendo por la montaña, todo se convertiría en recuerdos.   Grabé en mi memoria  el canto del Buho endémico, el silbido de Mónica, la esquiva Grallaria, que nos visitaba al caer la tarde siempre en busca de sus lombrices; y el canto del Quetzal Dorado. Al escucharlos sabía si estaban lejos o cerca de la sede. Con el pasar de los días y la debida atención la naturaleza  me ofreció inolvidables regalos, esos cantos únicos quedaron en mi mente.  La primera noche de luna llena, antes de mi partida, el Buho cantaba sin cesar a su enamorada, ella le contestaba lejana, desinteresada... con el pasar de las horas los cantos se hicieron más frecuentes y más cercanos. Él tuvo éxito en sus intenciones, seguro de sí mismo no declinó ante los momentáneos silencios de Ella... la noche invitaba al romance y Ella, finalmente, se sintió halagada. Para las tres de la madrugada se hacían compañía, solo los grillos se escuchaban.


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El Sendero de las Bromelias, el verdadero sendero de las Bromelias, es una pared de escaleras entre el bosque que permite subir de 2100mts a 2500mts de altura en 35 minutos o menos según el estado físico del caminante.  Es un camino exigente construído por los operarios de la compañía de energía eléctrica de Santa Marta; las redes eléctricas  bajan por ese sendero en elevadas torres, los cables suelen tener problemas por los vientos o las tormentas eléctricas que sorprenden de repente; el sendero pasa por la Reserva y ahorra a los campesinos dos horas de camino por la carretera, la subida es difícil pero vale la pena si uno se quiere acercar a la Cuchilla de San Lorenzo o ir hasta las torres de comunicación. Gracias a ese sendero en poco tiempo puede uno estar a 2700mts de altura, ver los picos nevados un poco más cerca o apreciar las palmas de cera que crecen a esa altitud.  Varias veces lo recorrí, subía por las Bromelias y bajaba por la carretera pajariando o mariposiando...  Recuerdos. 

Una de las últimas mariposas que aprecié en El Dorado, en la parte alta de la montaña.

Me despedí de la Reserva, sus cantos, sus aves, sus olores y colores con una maleta llena de alegría -y una tristeza-, la experiencia en la montaña fue gratificante. El trabajo diario fue exigente, bajar a la ciudad a las madrugadas a hacer  mercado para los numerosos turistas, volver a subir el mismo día por esa carretera pedregosa y difícil; preveer menús y realizar inventario; estar atenta a la infraestructura, a los arreglos inesperados, hacer las cuentas y enviar a Bogotá el paquete con facturas y formatos... todo valía la pena al ver la cara de los huéspedes el día que partían -la mayoría extranjeros y de edad avanzada que vienen de muy lejos a Colombia solo a visitar El Dorado-, ver sus caras de satisfacción al despedirse por el servicio, la comida y, por supuesto, las aves... hizo que el esfuerzo valiera la pena. Los recuerdos de su amabilidad y las noches de conversación con algunos de ellos son un pago más que suficiente por el trabajo voluntario. Además, claro  está, de todo lo demás... el regalo de la Montaña, de la Sierra Nevada de Santa Marta. 


La señora Adela y el Señor Montero hicieron la estadía muy agradable, ella a cargo de la cocina y del mantenimiento general de la sede y sus habitaciones, él el conductor de la 4X4 de la Reserva.  Son una pareja especial, no son de la Costa, ella de Bogotá, él de un pueblo del interior decidieron dejar sus trabajos en la ciudad por vivir en el campo. Fue su sueño mientras trabajaban en Bogotá, la ciudad los agobiaba... Ante el ofrecimiento no dudaron, juntos han trabajado en diversas Reservas del país, pero se quedan con la Sierra, ya compraron una parcela para cuando estén viejos, eso dicen. Se quedarán en la Sierra entre  vecinos  y amigos que habitan la vereda. Ella es seria, responsable, de buen sazón, famosa por su cocina y en especial por el postre de café que elabora para los clientes. Una mujer trabajadora. Él, un hombre de buen humor, siempre cuenta historias, chistes, recuerdos de clientes "especiales" o difíciles... Lo aprecian en la región, ayuda a quien puede...  Gracias a ellos pasé unos días inolvidables.


Lorenzo  el guardabosque fue un maestro, conoce muy bien de aves, es un hombre jóven campesino de origen santandereano pero muy samario, como él mismo agrega, un hombre inteligente y ávido de conocimiento, lee en las noches, repasa las guías, conoce los nombres en inglés y  en latin de las aves de la Sierra, estudia... su abuelo fue un líder campesino cafetero, su imagen siempre lo acompaña.  Conversamos muchas veces y me enseñó cómo estar atenta a la presencia de las aves.  Ana es una chica trabajadora, madre soltera con dos niños, con buena actitud y una sonrisa que alegra el dia. Nos ayudó con las labores de la cocina cuando teníamos muchos turistas que atender.  Pasamos tardes divertidas entre recetas y chismes veredales.  Todos ellos fueron especiales y les deseo lo mejor, espero verlos otra vez y recordar juntos estos meses de 2012.  Para despedirnos compartimos un pastel y un vino, nos reímos... 



Maurí me acompañó en esta idea loca de pasar unos meses en la Sierra, prefiere la costa, el mar, el calor, el pueblo caribeño... sin embargo, también se divirtió. Ahora bajaremos al pueblo, a nuestra casa campesina, a los amigos con sus historias mágicas, a bucear,  a nadar un poco... bajaremos al Caribe.  Guardaré estas palabras que le dan vida a mis recuerdos, la escritura es como el Agua que baja por la montaña, sin la escritura, algún día,  mi memoria pasará la página inevitablemente. Solo con la escritura reviviré estos días, los detalles, los colores, las sensaciones...  Volveré a mis cuentos, a mis temas internacionales, tendré que viajar a Bogotá... pero regresaré. Regresaré al Dorado... esté donde esté.








Allí estuvo el Canelo para el día de mi despedida...

Un colibrí en mi habitación


Foto original de la autora OsFF

No soy persona de augurios o de creencias supersticiosas, sin embargo, ciertos mensajes poco convencionales los retengo, un sueño particular, un encuentro casual, un aparición oportuna. Estoy atenta a esos detalles del camino que quieren decir algo... Hace tres meses, al subir por la carretera hacia El Dorado por primera vez, una hermosa ave se posó en una rama baja para permitir que yo, inexperta aún en el manejo de la cámara, pudiera tomarle una fotografía. Fue un saludo inusual que me llenó de optimismo frente a lo que se avecinaba. Nunca antes había administrado un hotel o manejado una reserva natural, tampoco vivido en una montaña como la Sierra Nevada con tanta belleza y a la vez historias de dolor por la violencia. Todo era nuevo. En ese momento aquél pájaro me dió la bienvenida, yo lo saludé agradecida por su hospitalidad.

Foto original de la autora OsFF


Hace pocos días tuve otro encuentro especial, contrario de aquel primero, fue triste. Un pequeño colibrí multicolor murió en la terraza de mi habitación, intentó cruzar el vidrio de la puerta corrediza y cayó allí mismo, perdió su vida en un instante por el accidente. Era un ave jóven, se notaba por el color y estado de sus plumas, un colibrí adolescente quizás. Me entristeció ver su cuerpo ya vacio de ese júbilo y algarabía característica. Su alas cerradas, rígidas... tan jóven, tan hermoso. Sentí que esa muerte me anunciaba algo para aquel día y así fue.  Esa tarde llegó Isabella.



Foto original de la autora OsFF

Isabella es una chica hermosa. Su cabello es negro y abundante, decidió cortarlo a la altura de su oreja hace algunos meses pero quiere volverlo a tener largo hasta su ombligo, lo dice y se ríe. Es morena, latina, con ojos coquetos y sonrisa generosa, es una chica bella.  La recibí como otra voluntaria.   Llegó con la intención de quedarse por casi tres semanas. Ella vive en los Estados Unidos desde hace pocos años, en Filadelfia. La primera noche le expliqué sus obligaciones, me dijo que le gustaba el arte, así que una de sus tareas era terminar un mural inacabado en una vieja pared que aún existe en uno de los senderos, recuerdo de una casa campesina de otros tiempos, aceptó. Los primeros días actuó con la normalidad de una chica de su edad, pero se fue transformando: Isabella poco a poco se convirtió en la Lolita literaria, sus movimientos, sus miradas, su juego con los hombres que pasaban por la Reserva -nunca con los turistas que tienen en promedio 60 años- pero sí con los hombres de menos de 30, los atraía como la miel... se sentaba en la baranda de la terraza o del balcón, subía su falda larga, mostraba su bronceado recien adquirido en el Caribe a quien quisiera observarla,y abría sugerente sus piernas;  se cambiaba de ropa con la llegada de algún jóven campesino o turista pasajero,  a pesar del frio, buscaba una blusa transparente y mostraba sus piernas gracias a minifaldas que corría a modelar.  Isabella jugaba con su cuerpo y su sensualidad. Todos en la Reserva estábamos sorprendidos con su comportamiento.  Isabella tiene 15 años.

Foto original de la autora OsFF

A los pocos días de su estadía supe que se había "escapado" a media noche al pueblo más cercano que queda a casi dos horas carretera abajo, logró "convencer" a uno de los trabajadores para que la bajara en moto, quería "rumbiar un poco", fue su respuesta al llamado de atención.  Isabella es dulce y tierna, una niña que al observarla bien muestra una cisura, algo roto por dentro, en las comidas nos hacía reir con sus ocurrencias infantiles, pero luego dejaba ver un halo de tristeza.  En el Lodge el sueño llega temprano, los pajareros deben madrugar a las 4am para salir a ver los endémicos en la cima de la montaña, no hay tiempo para desperdiciar, luego de la cena, a las 7pm, todos se retiran a descansar. Ella en cambio y sin que me enterara tenía sus propios horarios.  Una tarde llegaron unos jóvenes extranjeros, se quedaron una noche... en esas horas los jóvenes descubrieron la sensualidad de Isabella, ella volvió con sus juegos, su seducción. La madrugada siguiente Isabella vomitó varias veces, se duchó otras tantas, la sentí desde mi habitación, me despertó. Los jóvenes descubrieron al juguete detrás de su piel. Al día siguiente no la saludaron y ella tenía una mirada triste, una sonrisa fingida.   Cada noche aparecían nuevos visitantes a la sede... atraídos por esa miel de 15 años. Ella logró en los pocos días cambiar la energía del lugar.  Todos querían saludar o constatar que ella estaba allí con su piel y su sonrisa generosa. Ella decía que daría  un paseo con ellos. La vereda murmuraba. 


Una tarde la ví llorar, su mejor amiga Lisa había muerto en los Estados Unidos, ¿un accidente? pregunté, ella entre lágrimas me mostró la nota del periodico local: "Una adolescente y otros tres jóvenes mueren abaleados en un encuentro entre vendedores y consumidores de heroína". Quedé consternada. Su mundo no es como el de la Reserva: claro, prístino, fresco. Su mejor amiga tenía 15 años. Lloró la muerte de su amiga, quizás presiente el mismo destino, o lo busca.  Isabella, como tantos adolescentes,  camina por una cuerda floja entre las drogas, el alcohol y los excesos.  Es una niña hermosa, dulce... Su madre decidió dar por finalizada su experiencia en El Dorado, le envío un pasaje para regresar, se fue hace dos días. Su imagen no deja de darme vueltas en la cabeza. Isabella es como ese pequeño colibrí que perdió su algarabía y la alegría de sus colores, pero ella aún está viva. Me dejó un mural inacabado, y su recuerdo, un recuerdo triste...


Fotografia original de la autora OsFF




Pocos días para la partida

El tucancito esmeralda desde el balcón del segundo piso, hace pocos días.
 
El balcón del segundo piso es mi lugar preferido. Desde allí puedo esperar por horas  que aparezca algún nuevo ejemplar, otra clorofonia o un trepatroncos, quizás el tucán o una tángara; el lugar es especial,  da a un bosque con yarumos, nupos, un margarito, miconias y un higuerón, desde el balcón se puede observar las aves a la altura de los ojos y se hace más fácil la espera. Aunque siempre hay que tener paciencia. "No es un zoológico, asegura Lorenzo".  Allí también leo en las tardes -Amos Oz es el autor de la temporada- y tomo notas para escribir las entradas, el balcón es un lugar tranquilo donde se puede escuchar los cantos y múltiples sonidos de la montaña así como registrar uno que otro bonito atardecer.  Toda la casa está construída en madera de pino, se aprovechó el material de estos árboles que fueron talados para recuperar el bosque nativo; en el balcón se encuentran sillas de madera rústica con cojines forrados en tela de color crudo, un termómetro digital que siempre engaña con una eterna primavera -18grados- cuando la sensación térmica es de 10 o 15 grados, está también la antena para la recepción de internet que me permite estar comunicada, seguir el curso que hago de tutora virtual  y escribir estas líneas para mis recuerdos. Cuando no tenemos turistas es un lugar tranquilo... Me gusta sentarme a esperar. Solo a esperar... 

Regresó!!!

¡El Canelo regresó!  Regresó acompañado, quizás pronto iniciará un nuevo nido;  el Canelo alegra la entrada de la sede con sus vuelos cortos y efectivos... siempre con un insecto en su pico regresa al mismo lugar de donde partió. Es el más fiel de todos, el Canelo está allí para recibir a los turistas quienes entusiasmados sacan sus cámaras y toman su primera impresión de la Reserva, espero que esté allí, en su lugar de siempre, el día de mi partida... ya pronto.

Mi más reciente logro fotográfico: una tángara verde-azul


El grupo de médicos que nos visitó dos meses atrás también regresó. Estudiaba el mal de altura; en esa oportunidad tomaron muestras de signos vitales y realizaron pruebas a un grupo de estudiantes de medicina entre los 0  y los 2700mtrs de altura. Su visita fue muy animada, nos contaron los detalles de la investigación y su interés por colaborar en proyectos sociales. En medio de la cena les propusimos una brigada médica para la vereda, sugerencia que fue recibida con entusiasmo. Luego de casi ocho semanas los volvimos a recibir en El Dorado. La visita fue auspiciada por Mujeres por la Conservación, un grupo de apoyo que ofrece a las mujeres que viven en la zona aledaña a la Reserva la posibilidad de ingresos adicionales mediante la comercialización de  collares y bisutería que elaboran en materiales naturales que les envían de Bogotá. Las últimas semanas estaban perdiendo el interés en el trabajo por diversas razones, una de estas, la falta de acompañamiento del proyecto.   El ánimo regresó gracias a la visita inesperada de la Coordinadora de Mujeres por la Conservación; durante cinco días ella y su asistente renovaron el entusiasmo entre las mujeres, les brindaron nueva capacitación en collares, pulseras y en la elaboración de camisetas alusivas al cuidado de las aves y las alentaron a seguir adelante. Dió resultado. Una de las dificultades es que aún no cuentan con un mercado constante para sus productos, las ventas no son lo que esperaban, no por la falta de calidad o belleza, sino por falta de comercialización en el exterior, los pedidos aún no son suficientes y la ganancia es reducida. Lo que las Mujeres por la Conservación desean es trabajar más y así poder contribuir al sustento diario. Sus maridos se dedican a las labores del campo, la siembra del café, mora y otros productos que venden más abajo en el pueblo.   Las reuniones fueron animadas, se discutieron las dificultades y se las apoyo para tener una sede más cómoda en la casa de una de ellas.   Una tarde bajé caminando hasta la escuela y compartí con ellas, como ellas, recibí la capacitación y me hice mi propia pulsera!

Tarde capacitación y "chismes"
  
La brigada de salud se llevó a cabo con éxito, las mujeres del grupo se encargaron de publicitar la visita y así se logró que sesenta hombres, mujeres y niños fueran atendidos por el grupo de médicos cartageneros. Todo un día de árduo trabajo que se llevó a cabo en la escuela veredal. El balance: niños desnutridos, aunque no delgados; problemas de tensión alta, dificultades visuales, sobre peso en los jóvenes.  Todos quedamos muy satisfechos con la visita, en la noche ofrecieron atender a quienes no habíamos podido bajar por la llegada de nuevos turistas a El Dorado.  Con el apoyo de Proaves, de Mujeres por la Conservación y del grupo médico se podrá hacer seguimiento al mismo grupo de campesinos al menos tres veces al año. Esa es la intención y el ofrecimiento que dejaron. Antes de marcharse al día siguiente nos capacitaron, a los miembros de la Reserva, en primeros auxilios… lección que seguimos con mucha atención.


Casa Campesina de doña Flor

 Las mujeres de la vereda tienen otro sueño, en las visitas que he hecho, me han comentado que recibieron capacitación en turismo rural hace pocos años, pero quien lideraba ese proyecto, un joven de la zona, murió en un accidente de tránsito. Con su muerte se fue el corazón del sueño.  Ahora desean reiniciar, el lugar es atractivo con vista al caribe y clima fresco, buena comida…  Les gustaría recibir extranjeros que deseen –por poco dinero- vivir unos días con los campesinos, caminar por los senderos, avistar aves y aprender de los cultivos locales.  Espero  ayudarles …

Quedan solo días para el retorno a mi vida cotidiana, al calor, al pueblo, a las historias del caribe... han sido días inolvidables, por lo pronto el atardecer promete bellos colores, espero que caiga la tarde aquí en el balcón de El Dorado. 

Un milagro llamado Agua



Pico Bolivar, Pico Colón en la  Sierra Nevada de Santa Marta, vista desde San Lorenzo
 Llegamos a El Dorado tres meses atrás, el verano estaba terminando y el caudal de las fuentes de agua preocupaba a los vecinos.  La Reserva se enfoca en  la protección de aves, pero a la vez protege el ecosistema; en los últimos años ha reforestado con especies nativas muchas áreas antes de explotación ganadera o maderera, se ha venido recuperando el bosque poco a poco, y con él la vida: el Agua, las aves, los insectos, las mariposas, los anfibios y muchos mamíferos como monos, zorros, venados... Durante años gracias al intervención de un organismo del gobierno se plantaron cientos de pinos, una idea absolutamente increíble, nada más agresivo y contraproducente con el ambiente, con las aves, los animales y en especial con el Agua. Hoy en día la Reserva y Parques Naturales desean recuperar el ambiente nativo y con él la riqueza hídrica que tanto preocupa a todos. 


Estado actual de la Laguna Sagrada, los pinos circundantes se encargaron de enfermarla... está en proceso de recuperación

 Con el invierno el Agua regresó. El invierno ha renovado el caudal de las caídas de agua y con ello la esperanza... aunque, tristemente, los campesinos aseguran que cada año baja menos de la montaña.  Si la Tierra es considerada la Madre, el Agua podría ser la Abuela del planeta... Es la madre máxima de la vida.  Al vivir en un pueblo costero abajo en el Caribe que sufre cada día por la escasez de agua se valora el milagro diario de escuchar el agua caer por la montaña, de abrir el grifo y recibir su fresca presencia. Un milagro extraordinario aunque suene redundante. 




Recibí un gran regalo hace pocos días, ¡unos binoculares swarovski! Ahora veo las cosas o  algunas cosas mejor que antes, es bueno tener otra perspectiva de la vida, sin duda. Esos binoculares me han permitido ver aves que  antes ni siquiera notaba en las copas de los yarumos y otros árboles, ver su colores verdaderos, la forma de sus plumas, el color de sus ojos, el detalle que tanto gustaba al Sr. Bearns. ¡Ha sido un descubrimiento! No es fácil usarlos, hay que aprender a enfocar y dirigir la mirada a lo verdaderamente importante, toda una metáfora de los sentidos.  


Desde el mirador, el final del sendero Las Lianas, en días despejados se observa los picos nevados, la Ciénaga Grande, las montañas de la Sierra y el puerto carbonero en el Caribe, sin los binoculares eso era lo que veía. Esa era mi realidad.  Ahora cuando enfoco y dirigo la mirada al puerto veo mucho más, algo preocupante:  Cerros de carbón apilado a cielo abierto, montañas azabache que contaminan la playa, el mar y todo lo que lo rodea, son toneladas del mineral que se transporta por bandas hasta los barcos cargueros mediante embarcaciones de menor calado. Abajo el negro, la contaminación, aquí el verde,  la conservación. No deja de impresionar cuando las cosas se ven en su verdadera dimensión.  La playa y el océano manchados con una capa negruzca, muchos  se han acostumbrado y hasta les parece que es "natural". A veces la cercanía no permite ver lo que se aprecia de lejos... en este caso una tristeza.  Apesar de las críticas y quejas de la comunidad no se ha hecho nada para detener ese desastre. Prometen un nuevo puerto, ¿más de lo mismo? Ya veremos.  Me dicen que para ciertas aves ese era su hábitat natural, hoy es solo historia. 



La Sierra es un lugar especial, muy especial. Noam Shanty experto ornitólogo, quien elaboró la guía de aves del Perú fue uno de nuestros más recientes visitantes, además de experto es un hombre gentil que compartió su experiencia como promotor de la Fundación Naturaleza y Cultura, organización que desarrolla un proyecto de reserva comunitaria en Iquitos, Perú. La reserva une la conservación con el concepto de desarrollo colectivo comunitario... hablamos por horas una noche.  Es una experiencia de apoyo a la comunidad indígena que  nos gustaría ir a conocer en el futuro. Nos mencionó que la Sierra es una verdadera joya para los amantes de las aves, cuenta con el mayor número de endémicos -especias propias- del pais, el número uno en aves en el mundo; endémicos que superan de lejos los que se encuentran en todo el territorio de los Estados Unidos. Biodiversidad palpante. 



El Agua es el milagro de cada día... un milagro que aún corre como sangre por las venas de la montaña, pero cada año reduce su cauce, la Reserva cuida las fuentes; fuera de sus límites -al menos por este lado de la montaña, nada, ni una gota.  Al caminar por la carretera arriba se ve el cambio, las cascadas caen por sus tierras, el milagro se da cuando el bosque vive.  Cuidar el habitat es urgente, verdaderamente urgente. Cuidar todas las fuentes de agua del planeta es la misión de hoy, sin embargo... cuando abrimos el grifo en casa no somos conscientes del valor de ese milagro que se llama Agua.






La siguiente fotografía es un regalo de la Reserva, aquí viven y se reproducen tranquilos. Una tarde luego de una fuerte lluvia el sol nos acompañó, los colores cambiaron y muchos decidimos salir a calentarnos un poco. Ellos, los monos aulladores, tomaron la misma decisión.

Disculpas por la calidad.. fotógrafa!  Nos dan la espalda, estaban a unos dos kilómetros del lugar de la fotografía.

Luego de días de invierno, frío y mucha bruma la tarde terminó con una bella pintura...

Años sin recuerdos

En el campo de frambuesa con nuestro pequeño amigo de patas rojas

El invierno ha arreciado los últimos días, cada tarde llegan los vientos, la lluvia y el corte de luz. Hemos tenido que atender a los huéspedes en medio de velas, ellos nos aseguran que todo se vuelve más romántico, todos  amantes de las aves, de la naturaleza, gente linda.  A pesar del clima los pajareros han logrado cumplir sus objetivos, en particular avistar a la evasiva "Monica" un ant-pitta/ grallaria que ronda la casa, es pequeña, marrón de patas largas, difícil de ver. Cada día a las 5:30pm debemos alimentarla en una zona boscosa con una buena porción de lombrices del compós...la oí cantar muchas veces pero solo hasta hace dos días logré verla con claridad, y creo que ella a mí también.  Han apreciado a los loritos endémicos, quienes solo aparecen al amanecer en la zona alta de la reserva. Para verlos salen a las cuatro de la madrugada, suben en carro hora y media hasta la laguna. El Buho de Santa Marta, es otro endémico muy querido por los aficionados, lo buscan en las noches, lo llaman con un canto sugestivo al que responde de vez en cuando; es una ave de ojos grades amarillos. Tuve la suerte de conocerlo hace poco,  una noche uno de los guías nos invitó a caminar por enfrente de la cabaña principal, de repente se escuchó su canto, Wally, el guía, no pidió silencio, contuvimos la respiración, de repente el canto y la linterna del guía coincidieron, dió en el blanco, allí en una rama a baja altura estaba ese apreciado pájaro nocturno de ojos grandes observándonos.

Moras silvestres


Cada mañana salgo a caminar. Aprovecho las horas de buen tiempo, ya pronto terminará la experiencia en la reserva y quiero gozar cada segundo que me queda.  Caminando al campo de frambuesas recordé los  días que pasé en la oficina, día tras día, año tras año... de 8 a 6 o más horas muchas  veces, trato de recordar "impresiones" y caigo en cuenta que -salvo algunos amigos muy queridos- no recuerdo nada de esos años. Nada... nada realmente significativo de esa vida cotidiana.  Años sin recuerdos...

Tanya llegó hace tres días, es una chica australiana voluntaria que viaja por América Latina, ha pospuesto el regreso a casa tres veces, creo que ahora que está en Colombia lo pospondrá una vez más.  Con ella salimos temprano hacia el campo de frambuesas, caminata de dos horas, pajareando y tomando fotografías. Ella me preguntó si cultivaban la frambuesa en la región -está practicando su español-  le comenté que íbamos a "cosechar" fruta silvestre.  Parte del recorrido era nuevo para mí, seguí las indicaciones: carretera arriba, aviso de la Fundación, tomar a la izquierda,seguir un camino abandonado colina  abajo hacia un campo por recuperar.  El sendero es fresco entre la vegetación, se nota que no ha sido transitado por vehículos en años, el musgo cubre las piedras del camino...  los sonidos son relajantes y el clima ideal. Conversamos sobre su familia, su profesión de bióloga y su gusto por los insectos. Repite, practica, corrige su pronunciación.  Finalmente llegamos al campo de frambuesas. La mañana transcurrió ligera, bajo un cielo gris,  cada una en silencio tomaba la  fruta  y la dejaba en la bolsa con cuidado; fue la primera vez que salí a recoger frutos silvestres. Maravilloso.  Encontramos -para su fascinación- interesantes insectos, como el grillo de la fotografía de patas rojas que saltaba de planta en planta como si quisiera acompañarnos con su canto.   

El camino abandonado hacia el campo de frambuesas


La montaña ofrece también de manera silvestre moras, lulos y una curiosa variedad de hongo que crece en las cortezas húmedas, solo los campesinos conocen cuáles son, se consumen al momento de recogerlos. Sabrosos. Tienen un  sabor suave, y por supuesto, no tiene efectos "secundarios".  


Recorrimos el campo de frambuesas por casi una hora, recogimos la suficiente cantidad para llenar la bolsa, los doce huéspedes quedaron satisfechos con los colores y frescura de la ensalada. 



En la noche aceptamos la invitación de Marcos, un joven guía local, que además de ser experto en aves, se divierte como explorador nocturno de anfibios y bichos raros. El termómetro marcaba 10 grados y la suave llovizna se apreciaba a través de la luz de las linternas, caminamos hacia el arroyo. Sólo Marco entrenido con su búsqueda obsesiva no se estaba helando. Entusiasmado nos sorprendió con diferentes tipos de ranas, un animal extraño como una lagartija, huevos de rana, una araña de lomo rojo, un caracol inmenso. Marcos es como un niño grande que juega en un bosque imaginario; pero el de él es muy real y lo conoce bien. Para todos nosotros fue una aventura inolvidable, una aventura en medio de una noche sin luz, rodeados de los sonidos del bosque, la espesa bruma y la risa de Marcos.

La primera protagonista de la noche



Un ser sumamente extraño... 



No tan común... para mí.


Caracol inmenso

 Marcos,un jóven de 20 años, nos asegura que "no solo hay pájaros en la Sierra"... él se divierte con la variedad de animales, quiere aprender cada día más;  nos alegró una fría noche con su entusiasmo, un regalo, un recuerdo que seguro perdurará por muchos años.